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“Doña Gatita”… Mary Carmen Caballero

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doña gatita

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Vivía sola en una casa diminuta y pequeña. El espacio habría sido suficiente para una única persona de no ser por los gatos con los que convivía. Siempre sola. A la soledad nadie la busca pero, con demasiada frecuencia, se presenta como una de esas visitas inoportunas que llegan de improviso y nadie es capaz de echarlas de casa. Así la encontró a ella. La mujer que vivía de sus silencios y que despertaba cierta ternura inicial, tan solo durante los primeros momentos de conocerla, después la empatía se borraba y dejaba paso a cierto resquemor entre los que la rodeaban que terminaban apartándose de ella sin saber muy bien el porqué. Petra se había acostumbrado a ella misma y a sus gatos. Más

“Clandestinos”… Mary Carmen

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fiesta

El día que llegó no era un día normal. Ahora, en cambio, ningún día puede ser normal porque Vanesa ya no está entre nosotros. La última vez que la vi fue después de la fiesta de Noemí. La fiesta de botellas vacías y de alcohol que se filtró por las venas hasta que nos nubló la vista y nos desató la lengua. La noche de los reproches rotos, de las lágrimas y de las risas con sabor a ginebra. EL humo de maría que invadía el salón y las habitaciones del pequeño piso en el que cada vez nos reuníamos con más frecuencia, impregnaba las estancias de una niebla densa en la que creíamos flotar. Nos sentíamos inmersos en una dimensión diferente, elegidos para otras causas. Más

“Confesión de maltratada”… Pepe Marquina

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Levantarse después de Caer

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Yo, señor, perdí mi inocencia en su mirada,

en el labio seductor

con su sonrisa marcada,

en el acrobático ruedo

de sus palabras,

en el dulce salitre

de sus lágrimas.

La perdí…

en el anestésico vuelo

de sus promesas aladas,

en la centrípeta fuerza

de su aura cadabra,

en el sutil campanilleo

de sus dedos de hada…

Así me sumergí en la vorágine de su cáscara amarga

y germiné sus semillas en mis serviles entrañas.

Yo, señor, en mi ceguera perdí la ilusión temprana,

en su voz embrutecida,

en su baba encabronada,

en la humillación lasciva

sobre mi cuerpo de esclava,

..

en su faz ennegrecida,

en sus manos desbravadas,

en la apetencia marcida

sobre mi cara marcada,

en su hiel enfebrecida,

en su lengua avinagrada,

en las miserias vertidas

sobre mi pelvis mojada.

..

Me perdí…

en su ansia destructiva,

en su aliento de canalla,

en mi adiós a la vida

con sus besos de cizaña,

en su labia maldecida,

en su furia desatada

sobre la calma abatida

de mi piel amoratada…

Así, señor juez, lidié tan desigual batalla,

así cayeron los pétalos de mi primavera cana,

pero, dígame, ¿en qué momento se nubló

la luz de aquella mirada tan clara?

¿en qué verano se secó la fuente

de la que mana mi confesión de maltratada?

Más sepa usted, señoría,

y lo sepa el mundo con usted,

que toda mujer caída

se levanta siempre más mujer.

ExtSonetos del olivar raído de “Sonetos del Olivar” de Pepe Navas.  

“Parecen querer que sea otro quien llegue cuando llego yo” …. Merche Postigo

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.Desarraigo Cada vez que visito a mi familia en el pueblo, donde todos viven, tengo la impresión de que parecen querer que sea otro quien llegue cuando llego yo. Ese es el efecto que provoca en mí cada uno de los encuentros familiares. Tan pronto como llego, todos se esconden, ninguno quiere verme, pero cuando estoy listo para irme, vienen. Estoy seguro que quieren asegurarse de que me voy.

. Más

“Sueños de alterne”… Mary Carmen

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mujer tras la puerta

          Es la primera vez. Todas han tenido una primera vez. Desde el otro lado también hay una primera vez. Bloquear el pasado, sin una mirada de recelo, ni de nostalgia. El día de la entrevista Olga se sintió cohibida, un sudor frío le recorrió las manos y hasta la voz le temblaba un poco. Sin embargo, ahora el absoluto convencimiento de que esta es la salida más rápida y eficaz le hace tomar aplomo.

Mientras espera analiza los objetos de su alrededor, todo dispuesto bajo un orden milimétrico de decoración en serie, cara pero sin personalidad, propia de los hoteles lujosos. Se mira de pie frente al espejo y su figura reflejada le devuelve la imagen de una mujer atractiva, vestida de lencería de encaje negro. Una completa extraña. Algo nerviosa, sin saber muy bien qué hacer, se asoma a la ventana y ve una amplia avenida repleta de coches con árboles a ambos lados. En ese momento, llaman a la puerta. Se gira un poco indecisa y abre. Su primer cliente acaba de llegar. Más

“Descalza en el ascensor” … Mary Carmen

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Relato breve escrito por Mary Carmen

zapatillas 1.

El día que me decida a abandonarlo se lo diré, había pensado muchas veces. Por fin reuniré el valor necesario y se lo soltaré de un tirón, sin apenas tiempo para respirar, de pie con el abrigo puesto y sosteniendo mi pequeña maleta en la mano, con decisión. Con la puerta entreabierta y el ascensor esperándome. Sin mirarle a los ojos y sin permitir que su mirada me alcance.

– No me gusta estar en casa con zapatillas, así se lo he dicho, casi en un susurro. Pero con una resolutividad inquebrantable. Más

“Una mentira infundada” …Merche Postigo

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Relato Breve escrito por Merche Postigo

Medea y el engaño

Ella ya había renunciado a ser feliz, pero cuando lo conoció, sintió que su vida retomaba aliento. Era una mujer adulta, quizás no la mejor mujer, pero tenía deseos, deseos de ser aceptada, tantos deseos de abandonar la soledad de los sábados encerrada en casa, sin nada que hacer, solo soñar y sin nadie con quien compartir sus sueños. Tenía tantas ganas de asistir acompañada al teatro y  de pasear del brazo de un hombre, que no lo dudó ni un segundo y se casó con ese extraño, ese hombre al que apenas conocía. Ese hombre serio, reservado, a veces brusco y algo arrogante. Pero ella se entregó a él, y le concedió su confianza y lo respetó. Y ella creyó ser feliz.

Por eso no desconfió de él cuando la llevó aparte y la encerró en la habitación. Ella, mujer simple, pensó que era una sorpresa. Y lo fue. Pero solo cuando vio el rostro enrojecido de su marido y escuchó las acusaciones infundadas salir de su boca, ella perdió la sonrisa y se quedó sin palabras, y no supo que decir, y se encogió como un ciempiés acorralado. Con la voz entrecortada por el miedo, intentó aclarar que no era cierto, que ella nunca le había engañado, que ella siempre lo había respetado. Y en el momento en que quiso decirle que lo amaba, él ya no la sentía. Tan seguro estaba de su acusación que no necesitó probarla. Cuando llegó la primera bofetada,  ya no supo defenderse y él continuó hasta que ella perdió el conocimiento y el marido.

Han pasado algunos meses y hoy esa mujer adulta, quizás no la mejor, ya no espera disculpas. Pasa tranquila las tardes de los sábados leyendo en el sofá, y por primera vez no tiene miedo de estar sola. Sorprendentemente descubrió la felicidad gracias a una mentira infundada.

corazon roto

Fin…

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