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“Tres Rosas Amarillas” …Raymond Carver

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.tres rosas amarillas anagrama

Chejov. La noche del 22 de marzo de 1897, en Moscú, salió a cenar con su amigo y confidente Alexei Suvorin. Suvorin, editor y magnate de la prensa, era un reaccionario, un hombre hecho a sí mismo cuyo padre había sido soldado raso en Borodino. Al igual que Chejov, era nieto de un siervo. Tenían eso en común: sangre campesina en las venas. Pero tanto política como temperamentalmente se hallaban en las antípodas. Suvorin, sin embargo, era uno de los escasos íntimos de Chejov, y Chejov gustaba de su compañía. Más

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“Ayeh & Zafire VI: De vuelta al cuento” …Alejandro Nanclares

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DE VUELTA AL CUENTO

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Para sobrevivir, para continuar viviendo invocamos de nuevo tu poder, oh señora, oh  tú, esclava Scherezade!

– No te duermas, Ayeh, no te duermas ¡Ni se te ocurra cerrar los ojos! Un esfuerzo ¡Haz un esfuerzo! Si te portas bien y haces lo que te digo, te contaré una antiquísima tradición de mi aldea. Pero esta vez, hazme caso, ¡Resiste al cansancio, y no te duermas!

ZAFIRE YAHIH - VUELTA AL CUENTO

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“El saludo”… Mary Carmen Caballero

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Al girar el coche para entrar en la calle posterior a la del garaje, un ceda al paso obliga a la frenada. En frente de mí, cuando inicio la marcha, se encuentran unas casitas bajas, olvidadas por la burbuja de la construcción que, de forma inexplicable, han olvidado derruir para construir en su lugar mastodónticos edificios.

Al encarar la calle, despacito a causa del giro, un anciano desde la puerta de su casa, una casita baja y anacrónica en la ciudad, levanta su mano y saluda.

Es un viejito encorvado y ausente, que considera el saludo matutino a los coches su obligación diaria. Apenas detiene su mirada en los conductores, pero su mano se agita, incansable y lenta, cada vez que uno de los coches anónimos pasa por delante de su puerta.

Él permanece inamovible en el quicio sujetando sus muchos años y levantando despacioso la mano. En ocasiones los coches pasan algo rápido y a él no le da tiempo a elevar de nuevo su mano arrugada para iniciar un nuevo saludo.

Todas las mañanas el viejito de la puerta espera mi llegada para saludarme.  No es un saludo extraviado, sé que va dirigido a mí de forma sutil y directa. Cuando paso con mi coche delante de él, yo le sonrío.

Cada mañana constato también que, a pocos metros, permanecen, aparcados y expectantes, un coche de los servicios sociales y otro de la funeraria a la misma distancia, próxima y equidistante, de la puerta del anciano.

Anciano solo

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Microrrelato escrito por Mary Carmen Caballero

“El árbol”… Pepe Marquina

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De un árbol se hacen un millón de fósforos.

Con un fósforo se pueden quemar millones de árboles.

 arbol '- fosforo

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Suelto escrito por Pepe Marquina

“Huevos de la granja” … Matilde Tricarico

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.Huevos de la granja - pies

A mí me toca abrir la tienda con el primer canto del gallo, y él sigue durmiendo con la boca abierta. Le pellizco los pies, ni se inmuta. Una vez leí que era la peor tortura china.  Ni por esas, sueña como un niño a quién le acaban de quitar los pañales. Algún día le arrancaré las uñas, a ver si se despierta. Me avergüenzo de ser tan ruin. La vida del portero de noche es muy dura. Me tropiezo con la pistola que deja al llegar siempre en el suelo. Hace dos noche volvió borracho y sí me asusté. Me puso la pistola en la frente y me dijo que estaba cargada y que un día me mataría. No tuve el valor de preguntar por qué. No lo decía en serio, os lo aseguro.

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“Frío”… Mary Carmen

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Hombre solo

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Frío. Frío en la cara, en las manos y en el cuello. Sólo siento frío.

Abro la puerta y la soledad de mi apartamento me recuerda una vez más que ella ya no está. No veo las llaves en el aparador de la entrada. Tampoco el abrigo tirado encima del sofá, ni sus papeles sobre la mesa del comedor junto al horrible florero de Bohemia que nos regaló su hermana como suvenir de su último viaje a Praga. Más

“Parada intermedia” …Matilde Tricarico

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Parada Intermedia-El tren a ninguna parte

El lento serpentear del tren me aleja de mi punto.

La estación que dejé atrás hace cinco minutos estaba irreconocible. Los asientos de hierro corroídos. La marquesina con su letrero luminoso cubierto de enredaderas secas dejaba poca visibilidad al andén. Las sombras y el viento implacable, por un segundo, me habían empujado a darme la vuelta. En cambio, subí, con cierta fatiga. Al poco de estar en el vagón, inquieto de tanto silencio, miro el reloj recuerdo de mi padre. Las agujas se han parado. Intento darle la cuerda, inútilmente. Incómodo, los glúteos aplastados sobre los asientos de madera astillada como en los trenes del “Far West”, me pregunto si he hecho lo mejor. Más

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Con un ojo abierto

Mi manera de mirar las cosas que (me) pasan.

Multiversal

un blog de Pablo Giordano

Memorias de una princesa

Una vida con un propósito que cumplir...

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