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“La verja del jardín” …. José Luis Recio

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La casa pobre con verja en el jardin

Sentada en frente de una casita de ladrillo y yeso, donde vive con sus padres, una niña de 6 años, de ojos almendrados y pelo negro rizado, se entretiene haciendo ramitos de flores silvestres. A corta distancia de su casa corre un riachuelo de corriente rápida. Este estrecho rio, donde los niños gustan de pescar la trucha, es conocido por la gente del lugar como Il confine acquoso, porque su curso limita los anchos olivares, donde los temporeros trabajan y viven en sus humildes estancias, de la zona urbana donde los ricos tienen sus residencias. Varios pequeños puentes de madera facilitan el tránsito entre estas dos zonas limítrofes. Más

“Deserción del muñeco sin cabeza” … Javier Rodriguez

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Relato Breve escrito por Javier Rodriguez

Papá me iba a dar cinco euros por plantar un árbol en el jardín. Me dejó usar la pala grande, pero después de probar durante un rato apenas había quitado el césped. Mamá me observaba desde la cocina y me llamó. Me dio una botella de agua para ablandar la tierra y su pala pequeña de los geranios. Me guiño el ojo. “Es nuestro secreto”.

Ahora sí que iba bien. Cuando el hoyo estaba casi acabado toqué con la pala una cosa que sonó a hueco. Quité la tierra con las manos, para no estropearla. Era una caja de galletas metálica, como el cofre del tesoro que enterré con Pedro el año pasado cuando estuvimos en el pueblo.

muneco sin cabeza 3

Dentro había un muñeco sin cabeza. Estaba vestido de vaquero. Revolviendo entre los trapos sucios que estaban en la caja encontré la cabeza. Era mi Geyperman aventurero, el que me había regalado la abuela para mi cumpleaños. Marta me había dicho que me lo había dejado en el pueblo, junto al castillo de los clicks. Yo estaba seguro de que lo había metido en el coche. “Eres tan descuidado”, me dijo mientras sacaba sus muñecas y las colocaba en el estante de su habitación.

Intenté colocar la cabeza en su sitio. Tenía los labios pintados con rotulador rojo y una cinta celeste alrededor del cuello. Con las manos tenía agarrada una flor seca y bajo la casaca roja tenía puesta una camisa de florecitas. Y a pesar de todo, seguía sonriendo.

Me acordé del día que estuvimos en el río, con Pedro, lo bien que lo pasamos jugando con los Geyperman a los comandos entre las hierbas. En un recodo del río había una charca pequeña, en la que había unas ranas. Era una operación sencilla. Los Geyperman se adelantarían por la retaguardia y nosotros nos arrastraríamos por las hierbas altas. Nos pintamos las caras con barro, para que no nos vieran las ranas y comenzamos el despliegue. Antes de empezar a movernos una de las ranas saltó a la cara de Pedro. Mi Geyperman fue el primero en reaccionar, se lanzó sobre la rana con su cuchillo en la mano y se la arrancó de la cara antes de que nos escupiera el veneno. Pedro estaba aterrorizado, pero le tapé la boca y volvimos a la operación. Cogimos a las ranas desprevenidas. No hicimos prisioneros. Cuando volvimos a casa le pusimos una medalla a mi Geyperman y Pedro le regaló el casco de helicóptero que tanto me gustaba. Nos reímos tantas veces los cuatro recordando la cara de pánico de Pedro cuando le saltó la rana encima…

Seguía sonriendo con esos labios pintados de rojo. Me estaba sacando de quicio. En lugar de la ropa de camuflaje y las botas de campaña llevaba esa ridícula camisa de florecitas. El casco de helicóptero lo había perdido, con lo que me gustaba. Seguro que se reía también cuando tomaba el té con Marta y sus muñecas mientras yo lo buscaba por todas partes. “Ni siquiera intentaste escapar”, pensé mientras le retorcía el brazo. Así que lo volví a meter en la caja metálica y enterré la caja junto al árbol. “Te lo mereces por traidor”.

Cuando terminé de tapar el hoyo, llamé a papá y mamá y les enseñé el árbol. Estaba un poco torcido. Mamá estaba muy orgullosa y me besó en la mejilla. Papá me acarició la cabeza, enderezó el árbol y pisó la tierra con el pie. Muy bien, me dijo, y me dio los cinco euros. Los cinco euros no me hicieron sentir mejor, estaba triste. Subí a mi habitación y vi cómo Warhammer me miraba, con su espada mística en la mano. Supe lo que quería decirme, lo cogí en silencio y nos fuimos a la habitación de mi hermana a arrancarles la cabeza a las muñecas. Ese día tampoco hicimos prisioneros.

Fin…

“Muñecos Rotos” …… Merche Postigo

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Micro Relato escrito por : Merche Postigo

juguetes rotos

….

Colgado en la pizarra, balanceándose muerto. El timbre que daba paso al fin de la clase lo dejó al descubierto, alguien lo había olvidado, lo había abandonado, o quizás lo dejó a posta, quería que lo viéramos, que lo observáramos. A mí me gustó, me recordó a mi infancia, a todos esos muñecos que pasaron por mi vida y que se fueron abandonando sin cabeza en las mudanzas. Esos cambios que mi padre se inventaba para mantenernos unidos. Pasábamos de ciudad en ciudad sin dejar rastro, solo abandonábamos las cabezas de los muñecos que se iban rompiendo. Mi padre conocía el paradero de todas ellas. De las cabezas sin ideas, huecas, secas, de las cabezas que había ido robando. Y de nuevo teníamos que mudarnos de ciudad, y dejar atrás al muñeco, colgando, balanceándose, sin cabeza.

Aquel fue nuestro último día en la ciudad. Era fin del verano, comienzo del mes de septiembre. Papa había organizado la visita al centro comercial, al lugar sagrado. Estábamos ansiosos por subir al coche, de iniciar la marcha, de salir a la vida, pero ahí estaba él de nuevo, colgado, frente a la casa, sentado en su columpio, balanceándose, sin cabeza pero sonriente, estoy segura que sonreía. Nos miró, volvió la vista al suelo y descendió del columpio, vino hacia Marta, ella no dijo nada, agarró a Marta por las muñecas, la zarandeó y ella voló, voló como nunca. Cuando cayó, su cabeza ya no estaba. 

Fin———————————-

“Un muñeco especial para Lucinda” …. Merche Postigo

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Relato Breve escrito por : Merche Postigo

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Nació una mañana de Abril, su madre se empeñó tanto en que viniera, que aprovechó el primer despiste de su marido y consiguió a la niña. Vino gordita, con la piel como la miel, ojos almendrados muy grandes y una espesa cabellera morena. Cuando la vieron, todos se sorprendieron y argumentaron al unisonó que la niña no podía ser hija de su padre, era una bastarda, hija de la lujuria de su madre. Todos los familiares abandonaron de inmediato la clínica dejando solas a María y a su hija. El marido de María abandonó la casa ese mismo día. Más

Con un ojo abierto

Mi manera de mirar las cosas que (me) pasan.

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