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“La verja del jardín” …. José Luis Recio

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La casa pobre con verja en el jardin

Sentada en frente de una casita de ladrillo y yeso, donde vive con sus padres, una niña de 6 años, de ojos almendrados y pelo negro rizado, se entretiene haciendo ramitos de flores silvestres. A corta distancia de su casa corre un riachuelo de corriente rápida. Este estrecho rio, donde los niños gustan de pescar la trucha, es conocido por la gente del lugar como Il confine acquoso, porque su curso limita los anchos olivares, donde los temporeros trabajan y viven en sus humildes estancias, de la zona urbana donde los ricos tienen sus residencias. Varios pequeños puentes de madera facilitan el tránsito entre estas dos zonas limítrofes.

Al final de los años 40, los braceros que algunos terratenientes italianos empleaban para la recolección de la aceituna llegaban desde países lejanos, de lugares empobrecidos por las guerras. Llegaban en tren, viajando en compartimentos de tercera clase —algunas familias traían a sus hijos— y retornaban a sus lugares de origen con las primeras heladas. En ocasiones, alguna familia se quedaba.

A esta niña le gusta deambular, le encanta sobre todo cruzar el rio y husmear en las casas de los ricos. En este momento, ella está parada afuera de la verja de una mansión, en cuyo jardín de adentro hay otra niña que está jugando. Debemos ser de la misma edad, la niña de los ojos almendrados calcula. Ella sigue allí de pie, mirando a la otra niña hasta que algo—el vuelo de un grajo o una ráfaga de viento—hace que la distraiga, y ella se marcha.

Andando de vuelta a casa, la niña de los ojos almendrados se imagina que es rica como la niña del otro lado de la verja. Se pregunta por qué ella no lo es, pero la respuesta le elude como un lagarto que ahora corre sobre el sendero y enseguida desaparece. A ella le gustaría que todas las cosas se mostraran plenamente, como el ramillete de flores que lleva en la mano: flores blancas, rojas y rosáceas.

— ¿Por qué nosotros no somos ricos? —le pregunta a sus padres.

—Tu madre y yo vinimos a estas tierras cuando tú todavía tenías los dientes de leche —dice su padre— Trabajamos, varilla en mano, sacudiendo las ramas de los olivos y recogiendo las aceitunas que caen, surco a surco y día a día durante la temporada de calor. El hacerse rico lleva mucho tiempo.

La niña se queda mirando a su padre con cara de no entender muy bien lo que le está diciendo, mientras que la madre parece reflexionar sobre qué estará su hija pensando.

  • Nosotros hacemos lo que podemos para seguir viviendo aquí y que tú puedas ir a una buena escuela —dice.

La niña pone una mirada distante en sus ojos almendrados.

  • Cada cual posee lo que posee —dice el padre.

La niña mira a su padre con cara de curiosidad.

  • ¿Pero por qué no somos ricos? —pregunta.

Los padres tardan en darle una respuesta y ese retraso hace que la niña pierda interés.

Sin entender mucho de qué va la cosa, sale de la casuca y se sienta afuera de la puerta, agradecida por el calorcillo de un pálido sol de diciembre después del frio de la noche, y comienza a formar ramilletes con las flores que había recogido: flores de ciclamen, pensamientos y margaritas.

Cuando la madre despierta a su hija a la mañana siguiente, pone una muñeca de trapo, que ella ha confeccionado, en sus brazos.

          —Babbo Natale dejó esta muñeca en la chimenea para ti. Feliz navidad! —dice.

          Una expresión de ternura y cariño asoma en los ojos de la niña, quien besa y acuna a la muñeca, y sonríe a su madre, y piensa en la niña rica de la mansión. El padre observa la escena desde la mesa de la cocina con alegría.

  • Si sacas la muñeca a la calle para jugar, procura arroparla con alguno de los paños de cocina y no te alejes mucho de la casa —le dice, y la niña afirma con la cabeza.
  • Está nevando —dice la madre con una sonrisa.

La niña sale a la calle y juega con su muñeca todo el día. Los árboles, los tejados, el paisaje, todo aparece blanco y voluminoso. Sus ojos se entrecierran cuando el reflejo del sol en la nieve alcanza su cara, pero ella no quiere perderse nada de lo que ve a su alrededor. Cuando se da cuenta de que pronto va a oscurecer, decide ir a visitar a la niña adinerada.

 A pesar del consejo de su padre, ella se aventura a cruzar el puente. Cuando llega a la verja del jardín, se sorprende de ver que éste se ve envuelto en una luz amarillenta y misteriosa que se desprende de un farol de madera con paredes de cristal y que dentro contiene un velón. El farol tiene un sombrero de nieve y está anclado al suelo por medio de una estaca; se pregunta quién lo habrá colocado allí. En esta luz amarillenta la niña adinerada y sus amiguitos juegan con juguetes lujosos. La escena le recuerda los cuentos de hadas que su mamá le lee antes de dormir. Ella observa, allí parada de pie, pero siente que la niña rica no se va  a acercar a la verja, y los pies se le están quedando fríos.

  • Cada cual posee lo que posee —le dice a su muñeca y se apresura a volver a su  casa.
La niña con juguetes

 Relato Breve escrito por José Luis Recio                                                           

* El original en inglés se publicó en la revista literaria ¨With Painted Words¨, Diciembre 2018. 

“Deserción del muñeco sin cabeza” … Javier Rodriguez

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Relato Breve escrito por Javier Rodriguez

Papá me iba a dar cinco euros por plantar un árbol en el jardín. Me dejó usar la pala grande, pero después de probar durante un rato apenas había quitado el césped. Mamá me observaba desde la cocina y me llamó. Me dio una botella de agua para ablandar la tierra y su pala pequeña de los geranios. Me guiño el ojo. “Es nuestro secreto”.

Ahora sí que iba bien. Cuando el hoyo estaba casi acabado toqué con la pala una cosa que sonó a hueco. Quité la tierra con las manos, para no estropearla. Era una caja de galletas metálica, como el cofre del tesoro que enterré con Pedro el año pasado cuando estuvimos en el pueblo.

muneco sin cabeza 3

Dentro había un muñeco sin cabeza. Estaba vestido de vaquero. Revolviendo entre los trapos sucios que estaban en la caja encontré la cabeza. Era mi Geyperman aventurero, el que me había regalado la abuela para mi cumpleaños. Marta me había dicho que me lo había dejado en el pueblo, junto al castillo de los clicks. Yo estaba seguro de que lo había metido en el coche. “Eres tan descuidado”, me dijo mientras sacaba sus muñecas y las colocaba en el estante de su habitación.

Intenté colocar la cabeza en su sitio. Tenía los labios pintados con rotulador rojo y una cinta celeste alrededor del cuello. Con las manos tenía agarrada una flor seca y bajo la casaca roja tenía puesta una camisa de florecitas. Y a pesar de todo, seguía sonriendo.

Me acordé del día que estuvimos en el río, con Pedro, lo bien que lo pasamos jugando con los Geyperman a los comandos entre las hierbas. En un recodo del río había una charca pequeña, en la que había unas ranas. Era una operación sencilla. Los Geyperman se adelantarían por la retaguardia y nosotros nos arrastraríamos por las hierbas altas. Nos pintamos las caras con barro, para que no nos vieran las ranas y comenzamos el despliegue. Antes de empezar a movernos una de las ranas saltó a la cara de Pedro. Mi Geyperman fue el primero en reaccionar, se lanzó sobre la rana con su cuchillo en la mano y se la arrancó de la cara antes de que nos escupiera el veneno. Pedro estaba aterrorizado, pero le tapé la boca y volvimos a la operación. Cogimos a las ranas desprevenidas. No hicimos prisioneros. Cuando volvimos a casa le pusimos una medalla a mi Geyperman y Pedro le regaló el casco de helicóptero que tanto me gustaba. Nos reímos tantas veces los cuatro recordando la cara de pánico de Pedro cuando le saltó la rana encima…

Seguía sonriendo con esos labios pintados de rojo. Me estaba sacando de quicio. En lugar de la ropa de camuflaje y las botas de campaña llevaba esa ridícula camisa de florecitas. El casco de helicóptero lo había perdido, con lo que me gustaba. Seguro que se reía también cuando tomaba el té con Marta y sus muñecas mientras yo lo buscaba por todas partes. “Ni siquiera intentaste escapar”, pensé mientras le retorcía el brazo. Así que lo volví a meter en la caja metálica y enterré la caja junto al árbol. “Te lo mereces por traidor”.

Cuando terminé de tapar el hoyo, llamé a papá y mamá y les enseñé el árbol. Estaba un poco torcido. Mamá estaba muy orgullosa y me besó en la mejilla. Papá me acarició la cabeza, enderezó el árbol y pisó la tierra con el pie. Muy bien, me dijo, y me dio los cinco euros. Los cinco euros no me hicieron sentir mejor, estaba triste. Subí a mi habitación y vi cómo Warhammer me miraba, con su espada mística en la mano. Supe lo que quería decirme, lo cogí en silencio y nos fuimos a la habitación de mi hermana a arrancarles la cabeza a las muñecas. Ese día tampoco hicimos prisioneros.

Fin…

“Muñecos Rotos” …… Merche Postigo

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Micro Relato escrito por : Merche Postigo

juguetes rotos

….

Colgado en la pizarra, balanceándose muerto. El timbre que daba paso al fin de la clase lo dejó al descubierto, alguien lo había olvidado, lo había abandonado, o quizás lo dejó a posta, quería que lo viéramos, que lo observáramos. A mí me gustó, me recordó a mi infancia, a todos esos muñecos que pasaron por mi vida y que se fueron abandonando sin cabeza en las mudanzas. Esos cambios que mi padre se inventaba para mantenernos unidos. Pasábamos de ciudad en ciudad sin dejar rastro, solo abandonábamos las cabezas de los muñecos que se iban rompiendo. Mi padre conocía el paradero de todas ellas. De las cabezas sin ideas, huecas, secas, de las cabezas que había ido robando. Y de nuevo teníamos que mudarnos de ciudad, y dejar atrás al muñeco, colgando, balanceándose, sin cabeza.

Aquel fue nuestro último día en la ciudad. Era fin del verano, comienzo del mes de septiembre. Papa había organizado la visita al centro comercial, al lugar sagrado. Estábamos ansiosos por subir al coche, de iniciar la marcha, de salir a la vida, pero ahí estaba él de nuevo, colgado, frente a la casa, sentado en su columpio, balanceándose, sin cabeza pero sonriente, estoy segura que sonreía. Nos miró, volvió la vista al suelo y descendió del columpio, vino hacia Marta, ella no dijo nada, agarró a Marta por las muñecas, la zarandeó y ella voló, voló como nunca. Cuando cayó, su cabeza ya no estaba. 

Fin———————————-

“Un muñeco especial para Lucinda” …. Merche Postigo

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Relato Breve escrito por : Merche Postigo

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Nació una mañana de Abril, su madre se empeñó tanto en que viniera, que aprovechó el primer despiste de su marido y consiguió a la niña. Vino gordita, con la piel como la miel, ojos almendrados muy grandes y una espesa cabellera morena. Cuando la vieron, todos se sorprendieron y argumentaron al unisonó que la niña no podía ser hija de su padre, era una bastarda, hija de la lujuria de su madre. Todos los familiares abandonaron de inmediato la clínica dejando solas a María y a su hija. El marido de María abandonó la casa ese mismo día. Más

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