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“La verja del jardín” …. José Luis Recio

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La casa pobre con verja en el jardin

Sentada en frente de una casita de ladrillo y yeso, donde vive con sus padres, una niña de 6 años, de ojos almendrados y pelo negro rizado, se entretiene haciendo ramitos de flores silvestres. A corta distancia de su casa corre un riachuelo de corriente rápida. Este estrecho rio, donde los niños gustan de pescar la trucha, es conocido por la gente del lugar como Il confine acquoso, porque su curso limita los anchos olivares, donde los temporeros trabajan y viven en sus humildes estancias, de la zona urbana donde los ricos tienen sus residencias. Varios pequeños puentes de madera facilitan el tránsito entre estas dos zonas limítrofes.

Al final de los años 40, los braceros que algunos terratenientes italianos empleaban para la recolección de la aceituna llegaban desde países lejanos, de lugares empobrecidos por las guerras. Llegaban en tren, viajando en compartimentos de tercera clase —algunas familias traían a sus hijos— y retornaban a sus lugares de origen con las primeras heladas. En ocasiones, alguna familia se quedaba.

A esta niña le gusta deambular, le encanta sobre todo cruzar el rio y husmear en las casas de los ricos. En este momento, ella está parada afuera de la verja de una mansión, en cuyo jardín de adentro hay otra niña que está jugando. Debemos ser de la misma edad, la niña de los ojos almendrados calcula. Ella sigue allí de pie, mirando a la otra niña hasta que algo—el vuelo de un grajo o una ráfaga de viento—hace que la distraiga, y ella se marcha.

Andando de vuelta a casa, la niña de los ojos almendrados se imagina que es rica como la niña del otro lado de la verja. Se pregunta por qué ella no lo es, pero la respuesta le elude como un lagarto que ahora corre sobre el sendero y enseguida desaparece. A ella le gustaría que todas las cosas se mostraran plenamente, como el ramillete de flores que lleva en la mano: flores blancas, rojas y rosáceas.

— ¿Por qué nosotros no somos ricos? —le pregunta a sus padres.

—Tu madre y yo vinimos a estas tierras cuando tú todavía tenías los dientes de leche —dice su padre— Trabajamos, varilla en mano, sacudiendo las ramas de los olivos y recogiendo las aceitunas que caen, surco a surco y día a día durante la temporada de calor. El hacerse rico lleva mucho tiempo.

La niña se queda mirando a su padre con cara de no entender muy bien lo que le está diciendo, mientras que la madre parece reflexionar sobre qué estará su hija pensando.

  • Nosotros hacemos lo que podemos para seguir viviendo aquí y que tú puedas ir a una buena escuela —dice.

La niña pone una mirada distante en sus ojos almendrados.

  • Cada cual posee lo que posee —dice el padre.

La niña mira a su padre con cara de curiosidad.

  • ¿Pero por qué no somos ricos? —pregunta.

Los padres tardan en darle una respuesta y ese retraso hace que la niña pierda interés.

Sin entender mucho de qué va la cosa, sale de la casuca y se sienta afuera de la puerta, agradecida por el calorcillo de un pálido sol de diciembre después del frio de la noche, y comienza a formar ramilletes con las flores que había recogido: flores de ciclamen, pensamientos y margaritas.

Cuando la madre despierta a su hija a la mañana siguiente, pone una muñeca de trapo, que ella ha confeccionado, en sus brazos.

          —Babbo Natale dejó esta muñeca en la chimenea para ti. Feliz navidad! —dice.

          Una expresión de ternura y cariño asoma en los ojos de la niña, quien besa y acuna a la muñeca, y sonríe a su madre, y piensa en la niña rica de la mansión. El padre observa la escena desde la mesa de la cocina con alegría.

  • Si sacas la muñeca a la calle para jugar, procura arroparla con alguno de los paños de cocina y no te alejes mucho de la casa —le dice, y la niña afirma con la cabeza.
  • Está nevando —dice la madre con una sonrisa.

La niña sale a la calle y juega con su muñeca todo el día. Los árboles, los tejados, el paisaje, todo aparece blanco y voluminoso. Sus ojos se entrecierran cuando el reflejo del sol en la nieve alcanza su cara, pero ella no quiere perderse nada de lo que ve a su alrededor. Cuando se da cuenta de que pronto va a oscurecer, decide ir a visitar a la niña adinerada.

 A pesar del consejo de su padre, ella se aventura a cruzar el puente. Cuando llega a la verja del jardín, se sorprende de ver que éste se ve envuelto en una luz amarillenta y misteriosa que se desprende de un farol de madera con paredes de cristal y que dentro contiene un velón. El farol tiene un sombrero de nieve y está anclado al suelo por medio de una estaca; se pregunta quién lo habrá colocado allí. En esta luz amarillenta la niña adinerada y sus amiguitos juegan con juguetes lujosos. La escena le recuerda los cuentos de hadas que su mamá le lee antes de dormir. Ella observa, allí parada de pie, pero siente que la niña rica no se va  a acercar a la verja, y los pies se le están quedando fríos.

  • Cada cual posee lo que posee —le dice a su muñeca y se apresura a volver a su  casa.
La niña con juguetes

 Relato Breve escrito por José Luis Recio                                                           

* El original en inglés se publicó en la revista literaria ¨With Painted Words¨, Diciembre 2018. 

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“Marie” … José L. Recio

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Playa Cala en Cadiz

Después de casados, Pierre y yo nos cambiamos de Pau, donde vivíamos, a Cerbère, donde le habían ofrecido un trabajo de guarda parques. El pueblito donde nos instalamos, situado entre el mar y el extremo este del pirineo francés, nos encantó a primera vista, y disfrutamos de nuestros paseos por la playa. Un atardecer, al comienzo del ocaso, descubrimos una cala escondida entre dos rocas grandes y oscuras. El lugar nos cautivó. Algunas familias con niños se bañaban y, jugando, salpicaban el agua. Cuando yo miré a mí alrededor, sin embargo, me sorprendió la presencia de una mujer mayor, de apariencia extraña, vestida de negro de pies a cabeza. Estaba sentada en la arena de espaldas al agua. Hice que Pierre la viera también.

  • ¡Oh! —dijo él— Debe ser la Vieux Cécile. Yo he leído algo acerca de ella. Nadie sabe cuántos años tiene. La gente de aquí especula que duerme donde las águilas rondan en la montaña. Ya sabes. Es una leyenda.
  • Da miedo.
  • Es verdad. Cuando algo malo pasa en el pueblo, todo el mundo culpa a la Vieux Cécile por ello. Esta cala es su sitio favorito durante el día. Se sienta a pleno sol durante horas sin hablar con nadie.

La cala escondida se convirtió en nuestro lugar de preferencia en la playa. Un atardecer, tres años más tarde, mientras Pierre y yo tomábamos el sol tumbados en la arena, yo me preguntaba cuando nos llegaría la hora de tener un hijo. La anciana mujer se sentaba no lejos de nosotros, y yo tuve la impresión de que ella habló: “Vas a dar a luz a una niña dotada”.

  • ¿Dijiste algo? —Pregunté a Pierre.
  • Yo no he dicho nada. ¿No será tu imaginación?

Dos días más tarde, una mañana, después de que Pierre se había ido al trabajo, salí para regar las plantas del pequeño jardín enfrente de la casa cuando vi una canasta de paja  junto a la puerta. Con precaución, miré dentro de ella. Se me cortó la respiración: ¡Un bebé balbuciente y en pañales! Mis ojos no lo podían creer. Entonces, oí un batir de alas: un águila negra se alzó en vuelo sobre el tejado de la casa. No supe qué pensar. Mi corazón latía con fuerza dentro del pecho. Agarré la cesta y la llevé a casa. Inmediatamente telefoneé a Pierre.

  • ¡Es niña! Pierre, y puede que solo tenga una semana. Con mucho cuidado, alcé al bebé y le sostuve en los brazos.
  • Parece muy normal —dije.
  • Llama al médico. Ahora mismo regreso a casa.

El doctor dijo que el bebé estaba sano. En el pueblo, todo el mundo expresó asombro acerca de lo ocurrido. Las autoridades emprendieron una operación de búsqueda para encontrar a los padres del bebé. El párroco la bautizó con el nombre de Marie. Mientras tanto, el juez de la región autorizó que, por el momento, Pierre y yo actuáramos como padres adoptivos. Cuando pasó un año sin que la búsqueda diera resultado alguno, yo convencí a mi marido para que adoptáramos a Marie de forma definitiva.

Nuestra hija, de pelo negro y ojos verdosos y vivaces, iba creciendo y transformándose en una niña fabulosa. Pero cuando los tres íbamos a la cava favorita a jugar en la arena y bañarnos, me invadía una ola de aprehensión cada vez que veía  a la Vieux Cécile sentada allí. Y si esta mujer…yo pensaba, pero no decía nada.

Con el tiempo, comencé a notar que Marie poseía una extraordinaria capacidad visual. En una ocasión, yo la observé mientras ella estaba sentada en el suelo en el medio de su habitación, de cara a la ventana, coloreando una margarita sobre la cual ella había dibujado una avispa.

  • Tu dibujo de la avispa es muy realístico —dije.
  • La avispa está todavía posada en la flor —me contestó, apuntando a la ventana.

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Me acerqué a la ventana y vi que afuera, en el jardín, había una avispa en una de las flores. Me quedé pasmada de la capacidad visual de Marie. ¿Sería una niña visualmente dotada? El recuerdo de la Vieux Cécile vino a la memoria.

Marie comenzó la escuela primaria en Argeles-sur-mer, una pequeña ciudad situada algunos kilómetros al norte de nosotros. Una mañana de densa niebla, en la que no se veía ni los pies, algunos padres subimos al autobús escolar para acompañar a los niños. Cuando faltaba poco más de un kilómetro para llegar al colegio, la niebla se hizo todavía más densa. De repente, Marie exclamó: ¡Hay un ciervo en la carretera! Rechinaron las ruedas, y el autobús disminuyó la velocidad y se paró a unos metros enfrente de un cervatillo que estaba parado en medio de la carretera, deslumbrado por las luces del vehículo.

  • ¿Quién dijo ¨hay un ciervo en la carretera¨? —Preguntó el conductor.
  • Ella lo dijo —gritó uno de los niños y señaló a Marie.
  • ¡Uf! Niña, tú tienes ojo de águila —dijo el conductor.

El ciervo se arrancó corriendo hacia los árboles de afuera de la carretera. El autobús reanudó la marcha. Marie se sentó hundida en su asiento durante el resto del viaje sin decir una palabra.

Pero después de aquel incidente, yo tenía que empujarla para que subiera al autobús escolar. ¿Qué pasa, Ojo de Águila?, el conductor le preguntaba, pero ella permanecía cabizbaja. La maestra nos decía que Marie se lo pasaba mirando a las musarañas. Recomendó que se quedara  en casa hasta que encontrásemos cual era su problema. A Marie se la veía distraida. Una noche, se despertó dando gritos. Pierre y yo fuimos corriendo a su habitación.

  • ¿Qué te pasa, mi niña?

Marie estaba sentada en la cama, retorciéndose las manos y con los ojos muy abiertos. Yo la abracé.

  • ¡Mis ojos…Me estoy volviendo un águila!

Yo me quedé helada (más tarde, Pierre dijo que yo estaba muy pálida). Mientras abrazaba a Marie, me las apañé para agarrar la mano de Pierre.

  • La Vieux Cécile! —exclamé y apreté la mano de Pierre con todas mis fuerzas.
  • ¡Antoinette, cariño, cálla! Eso no es más que una leyenda. Yo creo que Marie está todavía asustada tras el incidente del cervatillo y lo que el conductor le dijo. Ella lo toma literalmente.

Entonces, Pierre salió de la habitación como de estampida. Un minute después volvió con un espejo de mano.

  • ¡Mírate aquí, Marie, cariño! —le dijo.

Ella me apartó un poco y se miró en el espejo.

  • Esos son tus ojos, no son los de ningún águila —dijo Pierre— Tus ojos son preciosos y son solo tuyos.

Marie se volvió hacia mí para abrazarme. Yo le repetí las palabras que acababa de decirle Pierre, y ella, ya calmada, se sonrió y dijo que sí con la cabeza.

Agila

Relato Breve escrito por José L. Recio

(*) Este relato es una traducción del inglés hecha por el autor cuyo original se publicó en la revista With Painted Words (Jan-Feb 2018)

“Alimentando a la familia” … José L. Recio

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.Chicago bus


Ir en autobús a trabajar me es más ventajoso que conducir porque el autobús para cerca de mi apartamento y del hospital donde trabajo como ayudante de cocinero.

Yo tengo 21 años. La mayor parte de la gente que viaja en el autobús es mayor que yo. Casi nadie habla, solo intercambiamos algunas miradas. En particular, hay un señor mayor, delgado, de pelo canoso, aunque abundante, que acapara mi atención. Usa gafas de lentes redondas sin montura y tiene aire de filósofo. Siempre está en el autobús cuando yo subo.

Ayer, una mujer joven, sus hombros cubiertos con un chal ajado, estaba sentada en el banco que hay bajo la marquesina de la parada del autobús. La mañana estaba soleada. Un niño de unos 5 años, de pelo largo y sucio, que le tapaba las orejas y le bajaba hasta los ojos, jugaba con un perrito terrier en la acera. Yo me situé de pie a la derecha de la mujer.

Un autobús llegó y paró. No era ni el mío ni el de ellos. Reanudó la marcha. Después que se fue, yo levanté los ojos y vi un hombre grueso, vestido con una camisa azul, desgastada, y pantalones de pana, que salía de un McDonald, situado al otro lado de la calle, enfrente de nosotros. Se paró de pie al lado de su camioneta y comenzó a desenvolver un bocadillo McMuffin.

—Psst— la mujer del chal chistó al niño, levantando la barbilla hacia donde estaba el hombre grueso.

El chiquillo comandó al perro, y ambos atravesaron la calle, libre de tráfico en aquel momento, corriendo. Niño y perro rondaron alrededor el hombre grueso por un tiempito hasta que el terrier dio un salto acrobático y le arrebató el bocadillo de las manos. Hecho esto, el animal salió corriendo con la comida entre sus dientes.

—Yo se lo voy a traer de vuelta— dijo el niño, mientras corría detrás del perro.

El hombre se limpió sus dedos grasosos en los pantalones.

—No te molestes, chaval, el perro ya tiene la lengua en ello— gritó, y caminó de vuelta al restaurante.

Niño Filosofia discurso del metodoEl terrier dejó caer el trofeo a los pies de su ama. Ella lo recogió y lo dividió en tres partes. Mi autobús llegó, y yo subí a él. A través de las ventanillas traseras vi que los tres, sentados en el banco, disfrutaban del bocadillo. ¡Fascinante! Pensé.

Esta mañana, antes de tomar el autobús, por capricho, fui al mismo McDonald y compré un bocadillo McMuffin. Salí y me paré en el bordillo de la acera mientras lo desenvolvía. Como ayer, la misma familia estaba bajo la marquesina de la parada del autobús, mirándome. Antes de que parpadeara tres veces, el niño y el terrier estaban a mi lado. Dado que yo ya sabía lo que buscaban, ofrecí mi bocadillo al chiquillo. Pero él lo rechazó con gesto de disgusto, y el perro orinó en mi zapato. Frustrados, ambos regresaron al lado de la mujer.

Mi autobús llegó a la parada, y yo crucé la calle justo a tiempo para tomarlo. El filósofo estaba sentado en uno de los asientos delanteros. Intercambiamos una mirada.

—Usted les interrumpió su método— dijo.

Yo me quedé helado.

El filósofo estaba leyendo un libro titulado ¨El Discurso del Método¨, de  René Descartes.

—¡Esclarecedor!— exclamé, y me abrí camino hacia el fondo del autobús.

.Filosofia Descartes

Relato Breve escrito por José Luis Recio 

*Traducción hecha por el autor del mismo cuento originalmente escrito en inglés y publicado online (fewerthan500.com/feeding-the-family) en Mayo 17, 2019.

“Un cuento Barrocazo” … Alejandro Nanclares

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Cuando me trajeron era yo tan pequeño que no recuerdo casi nada. Pero es tan larga mi vida y tan pocos sus hechos memorables que, a fuerza de perseverar y esforzarme hasta el dolor por recordar qué hago aquí, hallé algunas escenas que permanecían selladas en mi cabeza y cuyo sentido, creedme, ignoré durante mucho tiempo.

Desde entonces no he intentado sino ordenarlas, buscando su correcta sucesión, tan sólo para averiguar el significado que se empeñaban en velarme. Eso es lo que hice durante mil días. Mil días iguales pautados únicamente por mil noches exactas e insomnes. En ningún momento, durante todo ese tiempo, mi cabeza cesó de hacer combinaciones y permutaciones; continua, obstinadamente. Mientras me extraviaba por los corredores, mientras cruzaba las terrazas o me asomaba a la sima del acantilado, mientras escrutaba el horizonte, mi cabeza trabajaba y trabajaba sin cesar. Mi enorme y pesada cabeza, a la que tanto costó despertar y aún más despegarse del cieno del letargo. Ahora, por el contrario, ni siquiera me consiente el reposo del sueño más ligero.

La primera escena es la de un viaje en barco. El viento en las jarcias, la madera crujiente y el olor entrañable de la nodriza que me abraza contra su pecho. Ella procura cubrir mi cabeza con su chal para que no me maree ni asuste a la tripulación.

Nos abandonaron. Nos dejaron en un pequeño embarcadero que había antes aquí y al que siglos de olas incesantes acabaron deshaciendo. A la hora de zarpar, mi amada nodriza, conmovida, se negó a regresar y prefirió quedarse conmigo. Mientras la nave se alejaba, dimos nuestro adiós con la mano, rodeados de un montón de enseres y tinajas con alimentos. A nuestras espaldas, el gran portal vacío del palacio nos intimidaba. Tanto, que encendimos hogueras durante tres noches seguidas en el mismo amarradero antes de atrevernos a entrar.

A ella le debo lo que sé y las palabras que conozco. Fue ella quien me habló del rey Minos, mi noble padre, quién me legará su trono algún día y quién me confinó en este palacio por mi seguridad, pues teme por mi suerte. También de mi madre, que tras el espanto del parto, no quiso volver a verme. Ella, la nodriza me lo contaba todo. Yo solía escucharla embobado, aunque no era capaz de entender casi nada de lo que decía. Me encantaba ver como movía sus manos mientras me aseaba o preparaba la cena. Sí, porque yo… ¡La quería tanto! Creo que nunca he querido igual a nadie ¡Cómo me hubiera gustado decírselo! Decirle eso, que la quería con locura. Pero yo no era capaz de emitir más que unos vagidos animales e incomprensibles. La cruel naturaleza también me vetó la divina capacidad del beso, así que, si podía, lamía sus amadas manos y, cuando me lo permitía, abrazaba su cuerpo con mis pezuñas durante unos segundos. Sólo unos pocos, pues enseguida protestaba.

– ¡Anda, suelta, no ves que me duele! Bruto, tienes tanta fuerza que me haces daño ¡Suéltame ya!

La segunda escena que recuerdo es de cuando cumplí quince años. Ella había adornado una de las terrazas para sorprenderme y, como la nave de mi padre regresaba periódicamente con suministros, había preparado mis platos y dulces preferidos. Yo, al ver aquel despliegue de frutos y sabores en los que habría trabajado a escondidas durante días, me abalancé sobre ella cegado por el agradecimiento sin reparar en las consecuencias de mi fuerza. Cuando me quise dar cuenta, en mis brazos no había sino un guiñapo sin vida. Mi amor, mi enorme amor había acabado con ella. No sabría deciros si en aquel momento llegué a comprender lo que había hecho, pero sí recuerdo que un relámpago de dolor atravesó de sien a sien mi frente. Y también, que por primera y única vez en mi vida fui capaz de llorar. Sólo por ese motivo sé que el llanto tiene sabor salado.

La tercera y última escena es, en realidad, un conglomerado de imágenes veloces y revueltas. Casi un torbellino. Su inicio tuvo lugar la vez que la nave de mi padre, junto a las provisiones, dejó en el embarcadero siete muchachos que hacían cabriolas y volatines y siete muchachas que se apretaban atemorizadas tras de los chicos. Eran sólo críos vestidos con túnicas pintadas y bordadas. Entre tantos colorines, parecían las piezas de un juego de magia ¡Que alegría! Por fin, mi padre había comprendido que un niño necesita de otros para jugar y enviaba un grupo de compañeros con que divertirme. Más que emocionado, loco de contento, bajé corriendo desde el mirador dispuesto a dar la bienvenida y acoger a mis nuevos amigos.

Al cruzar el portalón, deseoso de unirme a ellos, los muchachos comenzaron a dar volteretas sobre mí frente ¡Qué hermoso saludo! Me encantaba aquel juego e intenté seguirles en sus saltos. Pero eran mucho más ágiles que yo, que caía siempre y rodaba de aquí para allá como un bulto torpe, sin llegar a alcanzarlos. Entonces quise detener alguno para pedirle que me enseñara a hacer tan admirables acrobacias. A medida que los tocaba, uno a uno, dejaban de funcionar, como esos juguetes frágiles que no superan la tarde del cumpleaños ¡Qué podría hacer! Me quedé desolado, mirando todos aquellos soldaditos rotos en torno a mí envergadura. Después, reparé en el aterrorizado grupo de las niñas y me dirigí hacia ellas. Quería arrodillarme y pedirles perdón. Una de ellas, la más resuelta, vino hacia mí efectuando cabriolas parecidas a las de los chicos ¡Que linda parecía! Pero fue tan sólo rozar aquella libélula de cristal y se hizo añicos, como una muñeca de porcelana demasiado fina. Al verlo las demás, presas del pánico, se precipitaron gritando desde los acantilados y murieron golpeadas por el oleaje y los escollos.

Idéntico regalo se repitió siete veces, pues la nave regresaba invariablemente cada siete estaciones frías. Me preguntaba por qué no podían comprender que yo sólo quería jugar y que, además, los amaba a todos, absolutamente a todos. Más que a mí mismo. Quería que supieran que su llegada desmoronaba mi cautividad en el griterío jubiloso de un patio de recreo. Que  hubiera ofrecido mi propia vida por todos y cada uno de ellos tan sólo con que me lo hubiesen pedido. Lamentablemente, a esas alturas, ya había advertido que mi presencia resultaba monstruosa y que a mi pesar, les aterraba.

La última vez fue algo diferente; lo noté en cuanto el grupo saltó al embarcadero. Parecía uno más porque venía revuelto entre todos ellos, pero también mayor y más fuerte. Aunque lo que le diferenciaba verdaderamente del resto eran su talante y sus ademanes. Al hijo de un rey no se le escapa algo así. Aquel muchacho era un príncipe, lo mismo que yo. Podría haber sido mi cuñado, mi primo o incluso mi hermano ¡Alguien de mi propia familia!

En aquel momento mi cabeza pareció despertar de su letargo y  fue capaz entonces de trazar un hermoso plan: me dejaría vencer por aquel hermano menor que venía a redimirme. Al principio, tal vez él no lo comprendiera, pero seguro que cuando llegara a ser  un rey anciano y sabio, aunque yo no pudiera llegar a verlo, apreciaría mi sacrificio de amor fraterno. El acto con el que mi existencia y su misma existencia cobrarían sentido.

Ellos, por su parte, se dispersaron por el palacio con la astucia de los malhechores, apostándose en cada encrucijada como bandidos. Me acosaron como a una bestia y tendieron mil celadas para capturarme. Clausuraron galerías, tapiaron corredores y llenaron mi casa de unas finas hebras de lana con las que nunca hubieran hallado el camino de regreso ¡Pero qué bobo era mi querido hermano! Ni siquiera había  comprendido que, a esas alturas, el Laberinto y yo éramos la misma cosa. 

Preferí que me dieran alcance junto a la entrada, para que así pudieran hallar la salida con facilidad. Él, vino hacia mí protegiéndose con un escudo tan pulido que pude ver reflejada mi fea efigie. Yo agaché la cabeza, para que su estocada fuera mortal. Después hubo silencio, oscuridad y frío.

Me despertó una terrible galerna de poniente que bramaba y atravesaba con ira los corredores. La sangre estaba reseca, el estoque roto y la herida cerrada ¿Cuánto tiempo haría ya de su partida? ¡Quién puede saberlo! Otra vez solo. De nuevo, pues no había nadie ya. Y nunca más lo habría.

A veces, cuando el agotamiento me vence y dormito un minuto, sueño con la nodriza y su fiesta. También con los críos de ropas de colores. Jugamos entonces todos juntos y me aprecian tanto como yo a ellos. Y allí somos amigos. Pero no es más que un sueño.

Me he vuelto viejo ahora, sin embargo la vida no acaba. Siglos y más siglos, largos como edades geológicas transcurren en la más completa soledad. No hay nadie, absolutamente nadie en este mundo. Nadie con quien jugar, nadie de quien cuidar, nadie a quien abrazar. Únicamente, durante un breve instante, durante menos de un segundo, puedo amar a estos pobres pájaros que desde la terraza de palacio capturo al vuelo –la vejez no me ha privado de la agilidad de los monstruos- y con los que estoy condenado, después, a alimentarme.

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Relato escrito por Alejandro Nanclares

“Los árboles deben morir de pie” …Pepe Marquina

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.campo de futbol juan de austria

El Ayuntamiento de mi ciudad quiere sustituir un campo de fútbol de toda la vida, rodeado de árboles,  por aparcamiento en superficie para coches. Esta carta se la he enviado a mi Ayuntamiento:

LOS ÁRBOLES DEBEN MORIR DE PIE

Con todos mis respetos me dirijo a la autoridad competente en la materia que nos ocupa.

Como vecino, conocedor de la situación y con miles de kilómetros recorridos en uno de los pocos reductos ajenos a la contaminación acústica y atmosférica, como es el añorado campo de fútbol de Juan de Austria, me gustaría hacerles algunas consideraciones al uso:

anciano con bastonComo autoridad competente, que me consta que lo son, no permitan que los ancianos del lugar que pasean a tres patas por el hermoso y casi sin par entorno del antiguo campo, no permitan repito, librarles de las interferencias de los automóviles, de los ruidos de motor y claxon y de la ingente cantidad de gases contaminantes que esas máquinas de hierro vierten allá por donde se les permite circular.

No permitan que este antiguo campo de fútbol siga siendo un reducto y un refugio de bien para las personas de todas las edades que acuden a él para liberarse de ruidos, de coches, y de otras contaminaciones.

niñosjugandoNo permitan la paz en estos escasos metros cuadrados de tranquilidad, en esta isla sin más ruidos que los de los niños felices cuando entran y salen de los colegios. Inunden ese escaso remanso de calma y tranquilidad,  de coches que hagan rugir sus motores a cualquier hora del día o de la noche, en verano o en invierno, con frío o con calor.

No permitan que los ancianos sean felices en esta isla mínima. No permitan que personas mayores y jóvenes disfruten de la  molicie del ocio. Róbenles esa tranquilidad y esa paz inundándoles con la mecánica de cientos y cientos de caballos en forma de potencia de los motores.

No hagan caso cuando alguien les diga que los políticos tenían que ser primero ancianos para luego tener un mínimo de comprensión en su trato hacia ellos, como si ellos nunca fueran a pasar por ese plano inclinado de la vida que es la tercera edad.

Señores políticos, no se dejen engañar. George Porter dijo que el futuro de la humanidad está en el árbol. ¡Mentira!, no se lo crean. Los árboles sólo sirven para crear oxígeno y dar sombra en los duros veranos al sol. Hay que sustituir los árboles por coches, y cuántos más coches, menos árboles. Contribuyan al animalismo urbanístico y eliminen  los espacios libres de la ciudad, los espacios de ocio, de paseo, deportivos y de entretenimiento. Cemento, cemento y cemento. Y coches, claro.

Señores políticos y representantes del pueblo. Si por la tercera edad no han pasado, pero sí han sido niños algún día, no permitan que un solo niño de los presentes que atraviese el campo sea feliz y descuidado. No permitan que se abandonen al relax y a la concupiscencia de los sentidos. Ustedes tienen la obligación de acercar el coche al niño, para que el niño sea consciente de que está entre coches. El niño, ya desde niño, no se puede dormir en su camino al cole y a casa creyendo que está libre de coches. No les permitan esa felicidad transitoria. Bien saben ustedes que al salir por cualquiera de las calles que desemboca en  la constante taladradora de coches sin cesar, los niños deben vivir en un continuo estrés. ¡Contribuyan a ello!

No permitan crear campos de juego para los niños; que utilizen los juegos de ordenador para  que florezca la industria de esos juegos, aunque luego los haga  violentos. Que los niños no jueguen al aire libre que luego se aficionarán al deporte y pondrán en riesgo a las multinacionales de productos insanos.

Señores políticos,  aprovechen todos los metros cuadrados para que los coches formen parte de la geografía de este recinto sin par,  dotado de una tranquilidad que no es digna del siglo XXI. Por faniños juegosvor, cemento, calles y coches.

No permitan la creación de pulmones para la ciudad. No sean paleolíticos. Las constantes lluvias con las que el cielo nos premia hace que el aire atmosférico sea perfectamente respirable y evita que niños, ancianos y jóvenes tengan problemas respiratorios que tengan que ser tratados en los hospitales.

Por favor señores representantes, no hay derecho a que día tras día disfrutemos de tan salutíferos aires procedentes de las incesantes lluvias. No les voy a pedir, aunque me sigue constando que lo pueden hacer, que elijan entre detener tanta y tanta lluvia o crear espacios verdes, verdes y más verdes. No voy a ser tan ruin de ponerles en esa disyuntiva, a ustedes que pertenecen a otro estado estratosférico y tienen otra visión de la jugada. Visión distinta de los que hacemos las tres en raya día sí y día también por el antiguo campo de fútbol.

Por favor no caigan en la trampa de dejar espacios libres para el solaz de las personas de cualquier edad. Algún día, cualquiera de ustedes, cargado de años y de razones, podrá pasear entre el antiguo campo de fútbol y las nuevas tecnologías automovilísticas y podrán  comer la contaminación con cuchillo y tenedor. No se priven de semejante placer. Empiecen a construirlo cuanto antes.

Como decía John Lennon, demos una oportunidad a la naturaleza.

.Juan de austria- alcala de henares

Relato breve escrito por Pepe Marquina

“Orinar” …Pepe Marquina

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Las cosas están cambiando. Y algunas van a peor.

Resulta que ha salido ahora una ley por la cual, en algunas playas no se podrá orinar. ¡Qué vergüenza! ¿Dónde ha quedado la libertad de evacuar?

Yo creo que esta directriz debería haber salido en Enero que es cuando todos programamos las vacaciones.  Y te vas mentalizando. Muchos han disfrutado ya de la playa y han sido afortunados. Me parece injusto. Otros lo están haciendo ahora y no les pilla dicha norma. Pero ¿qué va a pasar cuando a partir del 15 de Julio entre esa norma en funcionamiento?

Hay muchas devoluciones de billetes y muchas familias no van a ir a la playa. Es como si un día antes de las vacaciones te quitan la “barra libre”.

Nunca será lo mismo ir de vacaciones a la playa y no poder orinar allí mismo. A pie de arena. In situ.

.Orinar - Niños en la playa Joaquin sorolla

Suelto escrito por Pepe Marquina

“Molestando a las palomas” …Merche Postigo

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.Molestando Palomas - Mujer - Lei Silva

Los domingos voy a pasear con mi marido y su hijo. Mi marido estuvo casado antes de conocernos, yo también. Su hijo tiene cinco años. Ayer era domingo y salimos temprano hacia el parque. Mi marido llevaba pantalones caquis, unos cómodos chinos. Estamos en verano y mi marido se había puesto una camisa blanca, de lino, muy fresca. Había dejado los dos últimos botones sueltos, mostrando sus escasos pelos pectorales. Mi marido tiene muchas manías y esta, la de dejar su pecho a la vista de todos, es su preferida. A mí me recuerda a un legionario trasnochado. Con resignación y cariño le cerré el penúltimo botón, después le di un beso de regalo en la mejilla, que él me agradeció con una sonrisa, y comenzamos el paseo por el parque. El hijo de su anterior esposa, revoloteó a nuestro alrededor todo el tiempo que duró el paseo. El niño cumplió cinco años el Mayo pasado. Cinco años es una edad difícil de manejar, para mí una edad insoportable, yo no tengo hijos. EL niño llevaba los pantalones iguales a los de su padre, un tono más oscuro, conjuntados con una camiseta lacoste amarilla, que su madre le había regalado. La mujer de mi marido compra siempre las camisetas en Francia cuando visita a su familia. El hijo de mi marido desciende de los doce pares de Francia, o eso dice su madre. Ahora ella vive en Carabanchel. Más

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