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“La verja del jardín” …. José Luis Recio

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La casa pobre con verja en el jardin

Sentada en frente de una casita de ladrillo y yeso, donde vive con sus padres, una niña de 6 años, de ojos almendrados y pelo negro rizado, se entretiene haciendo ramitos de flores silvestres. A corta distancia de su casa corre un riachuelo de corriente rápida. Este estrecho rio, donde los niños gustan de pescar la trucha, es conocido por la gente del lugar como Il confine acquoso, porque su curso limita los anchos olivares, donde los temporeros trabajan y viven en sus humildes estancias, de la zona urbana donde los ricos tienen sus residencias. Varios pequeños puentes de madera facilitan el tránsito entre estas dos zonas limítrofes. Más

“Marie” … José L. Recio

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Playa Cala en Cadiz

Después de casados, Pierre y yo nos cambiamos de Pau, donde vivíamos, a Cerbère, donde le habían ofrecido un trabajo de guarda parques. El pueblito donde nos instalamos, situado entre el mar y el extremo este del pirineo francés, nos encantó a primera vista, y disfrutamos de nuestros paseos por la playa. Un atardecer, al comienzo del ocaso, descubrimos una cala escondida entre dos rocas grandes y oscuras. El lugar nos cautivó. Algunas familias con niños se bañaban y, jugando, salpicaban el agua. Cuando yo miré a mí alrededor, sin embargo, me sorprendió la presencia de una mujer mayor, de apariencia extraña, vestida de negro de pies a cabeza. Estaba sentada en la arena de espaldas al agua. Hice que Pierre la viera también. Más

“Alimentando a la familia” … José L. Recio

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.Chicago bus


Ir en autobús a trabajar me es más ventajoso que conducir porque el autobús para cerca de mi apartamento y del hospital donde trabajo como ayudante de cocinero.

Yo tengo 21 años. La mayor parte de la gente que viaja en el autobús es mayor que yo. Casi nadie habla, solo intercambiamos algunas miradas. En particular, hay un señor mayor, delgado, de pelo canoso, aunque abundante, que acapara mi atención. Usa gafas de lentes redondas sin montura y tiene aire de filósofo. Siempre está en el autobús cuando yo subo. Más

“Un cuento Barrocazo” … Alejandro Nanclares

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Cuando me trajeron era yo tan pequeño que no recuerdo casi nada. Pero es tan larga mi vida y tan pocos sus hechos memorables que, a fuerza de perseverar y esforzarme hasta el dolor por recordar qué hago aquí, hallé algunas escenas que permanecían selladas en mi cabeza y cuyo sentido, creedme, ignoré durante mucho tiempo.

Desde entonces no he intentado sino ordenarlas, buscando su correcta sucesión, tan sólo para averiguar el significado que se empeñaban en velarme. Eso es lo que hice durante mil días. Mil días iguales pautados únicamente por mil noches exactas e insomnes. En ningún momento, durante todo ese tiempo, mi cabeza cesó de hacer combinaciones y permutaciones; continua, obstinadamente. Mientras me extraviaba por los corredores, mientras cruzaba las terrazas o me asomaba a la sima del acantilado, mientras escrutaba el horizonte, mi cabeza trabajaba y trabajaba sin cesar. Mi enorme y pesada cabeza, a la que tanto costó despertar y aún más despegarse del cieno del letargo. Ahora, por el contrario, ni siquiera me consiente el reposo del sueño más ligero.

La primera escena es la de un viaje en barco. El viento en las jarcias, la madera crujiente y el olor entrañable de la nodriza que me abraza contra su pecho. Ella procura cubrir mi cabeza con su chal para que no me maree ni asuste a la tripulación.

Nos abandonaron. Nos dejaron en un pequeño embarcadero que había antes aquí y al que siglos de olas incesantes acabaron deshaciendo. A la hora de zarpar, mi amada nodriza, conmovida, se negó a regresar y prefirió quedarse conmigo. Mientras la nave se alejaba, dimos nuestro adiós con la mano, rodeados de un montón de enseres y tinajas con alimentos. A nuestras espaldas, el gran portal vacío del palacio nos intimidaba. Tanto, que encendimos hogueras durante tres noches seguidas en el mismo amarradero antes de atrevernos a entrar.

A ella le debo lo que sé y las palabras que conozco. Fue ella quien me habló del rey Minos, mi noble padre, quién me legará su trono algún día y quién me confinó en este palacio por mi seguridad, pues teme por mi suerte. También de mi madre, que tras el espanto del parto, no quiso volver a verme. Ella, la nodriza me lo contaba todo. Yo solía escucharla embobado, aunque no era capaz de entender casi nada de lo que decía. Me encantaba ver como movía sus manos mientras me aseaba o preparaba la cena. Sí, porque yo… ¡La quería tanto! Creo que nunca he querido igual a nadie ¡Cómo me hubiera gustado decírselo! Decirle eso, que la quería con locura. Pero yo no era capaz de emitir más que unos vagidos animales e incomprensibles. La cruel naturaleza también me vetó la divina capacidad del beso, así que, si podía, lamía sus amadas manos y, cuando me lo permitía, abrazaba su cuerpo con mis pezuñas durante unos segundos. Sólo unos pocos, pues enseguida protestaba.

– ¡Anda, suelta, no ves que me duele! Bruto, tienes tanta fuerza que me haces daño ¡Suéltame ya!

La segunda escena que recuerdo es de cuando cumplí quince años. Ella había adornado una de las terrazas para sorprenderme y, como la nave de mi padre regresaba periódicamente con suministros, había preparado mis platos y dulces preferidos. Yo, al ver aquel despliegue de frutos y sabores en los que habría trabajado a escondidas durante días, me abalancé sobre ella cegado por el agradecimiento sin reparar en las consecuencias de mi fuerza. Cuando me quise dar cuenta, en mis brazos no había sino un guiñapo sin vida. Mi amor, mi enorme amor había acabado con ella. No sabría deciros si en aquel momento llegué a comprender lo que había hecho, pero sí recuerdo que un relámpago de dolor atravesó de sien a sien mi frente. Y también, que por primera y única vez en mi vida fui capaz de llorar. Sólo por ese motivo sé que el llanto tiene sabor salado.

La tercera y última escena es, en realidad, un conglomerado de imágenes veloces y revueltas. Casi un torbellino. Su inicio tuvo lugar la vez que la nave de mi padre, junto a las provisiones, dejó en el embarcadero siete muchachos que hacían cabriolas y volatines y siete muchachas que se apretaban atemorizadas tras de los chicos. Eran sólo críos vestidos con túnicas pintadas y bordadas. Entre tantos colorines, parecían las piezas de un juego de magia ¡Que alegría! Por fin, mi padre había comprendido que un niño necesita de otros para jugar y enviaba un grupo de compañeros con que divertirme. Más que emocionado, loco de contento, bajé corriendo desde el mirador dispuesto a dar la bienvenida y acoger a mis nuevos amigos.

Al cruzar el portalón, deseoso de unirme a ellos, los muchachos comenzaron a dar volteretas sobre mí frente ¡Qué hermoso saludo! Me encantaba aquel juego e intenté seguirles en sus saltos. Pero eran mucho más ágiles que yo, que caía siempre y rodaba de aquí para allá como un bulto torpe, sin llegar a alcanzarlos. Entonces quise detener alguno para pedirle que me enseñara a hacer tan admirables acrobacias. A medida que los tocaba, uno a uno, dejaban de funcionar, como esos juguetes frágiles que no superan la tarde del cumpleaños ¡Qué podría hacer! Me quedé desolado, mirando todos aquellos soldaditos rotos en torno a mí envergadura. Después, reparé en el aterrorizado grupo de las niñas y me dirigí hacia ellas. Quería arrodillarme y pedirles perdón. Una de ellas, la más resuelta, vino hacia mí efectuando cabriolas parecidas a las de los chicos ¡Que linda parecía! Pero fue tan sólo rozar aquella libélula de cristal y se hizo añicos, como una muñeca de porcelana demasiado fina. Al verlo las demás, presas del pánico, se precipitaron gritando desde los acantilados y murieron golpeadas por el oleaje y los escollos.

Idéntico regalo se repitió siete veces, pues la nave regresaba invariablemente cada siete estaciones frías. Me preguntaba por qué no podían comprender que yo sólo quería jugar y que, además, los amaba a todos, absolutamente a todos. Más que a mí mismo. Quería que supieran que su llegada desmoronaba mi cautividad en el griterío jubiloso de un patio de recreo. Que  hubiera ofrecido mi propia vida por todos y cada uno de ellos tan sólo con que me lo hubiesen pedido. Lamentablemente, a esas alturas, ya había advertido que mi presencia resultaba monstruosa y que a mi pesar, les aterraba.

La última vez fue algo diferente; lo noté en cuanto el grupo saltó al embarcadero. Parecía uno más porque venía revuelto entre todos ellos, pero también mayor y más fuerte. Aunque lo que le diferenciaba verdaderamente del resto eran su talante y sus ademanes. Al hijo de un rey no se le escapa algo así. Aquel muchacho era un príncipe, lo mismo que yo. Podría haber sido mi cuñado, mi primo o incluso mi hermano ¡Alguien de mi propia familia!

En aquel momento mi cabeza pareció despertar de su letargo y  fue capaz entonces de trazar un hermoso plan: me dejaría vencer por aquel hermano menor que venía a redimirme. Al principio, tal vez él no lo comprendiera, pero seguro que cuando llegara a ser  un rey anciano y sabio, aunque yo no pudiera llegar a verlo, apreciaría mi sacrificio de amor fraterno. El acto con el que mi existencia y su misma existencia cobrarían sentido.

Ellos, por su parte, se dispersaron por el palacio con la astucia de los malhechores, apostándose en cada encrucijada como bandidos. Me acosaron como a una bestia y tendieron mil celadas para capturarme. Clausuraron galerías, tapiaron corredores y llenaron mi casa de unas finas hebras de lana con las que nunca hubieran hallado el camino de regreso ¡Pero qué bobo era mi querido hermano! Ni siquiera había  comprendido que, a esas alturas, el Laberinto y yo éramos la misma cosa. 

Preferí que me dieran alcance junto a la entrada, para que así pudieran hallar la salida con facilidad. Él, vino hacia mí protegiéndose con un escudo tan pulido que pude ver reflejada mi fea efigie. Yo agaché la cabeza, para que su estocada fuera mortal. Después hubo silencio, oscuridad y frío.

Me despertó una terrible galerna de poniente que bramaba y atravesaba con ira los corredores. La sangre estaba reseca, el estoque roto y la herida cerrada ¿Cuánto tiempo haría ya de su partida? ¡Quién puede saberlo! Otra vez solo. De nuevo, pues no había nadie ya. Y nunca más lo habría.

A veces, cuando el agotamiento me vence y dormito un minuto, sueño con la nodriza y su fiesta. También con los críos de ropas de colores. Jugamos entonces todos juntos y me aprecian tanto como yo a ellos. Y allí somos amigos. Pero no es más que un sueño.

Me he vuelto viejo ahora, sin embargo la vida no acaba. Siglos y más siglos, largos como edades geológicas transcurren en la más completa soledad. No hay nadie, absolutamente nadie en este mundo. Nadie con quien jugar, nadie de quien cuidar, nadie a quien abrazar. Únicamente, durante un breve instante, durante menos de un segundo, puedo amar a estos pobres pájaros que desde la terraza de palacio capturo al vuelo –la vejez no me ha privado de la agilidad de los monstruos- y con los que estoy condenado, después, a alimentarme.

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Relato escrito por Alejandro Nanclares

“Los árboles deben morir de pie” …Pepe Marquina

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.campo de futbol juan de austria

El Ayuntamiento de mi ciudad quiere sustituir un campo de fútbol de toda la vida, rodeado de árboles,  por aparcamiento en superficie para coches. Esta carta se la he enviado a mi Ayuntamiento:

LOS ÁRBOLES DEBEN MORIR DE PIE

Con todos mis respetos me dirijo a la autoridad competente en la materia que nos ocupa.

Como vecino, conocedor de la situación y con miles de kilómetros recorridos en uno de los pocos reductos ajenos a la contaminación acústica y atmosférica, como es el añorado campo de fútbol de Juan de Austria, me gustaría hacerles algunas consideraciones al uso:

anciano con bastonComo autoridad competente, que me consta que lo son, no permitan que los ancianos del lugar que pasean a tres patas por el hermoso y casi sin par entorno del antiguo campo, no permitan repito, librarles de las interferencias de los automóviles, de los ruidos de motor y claxon y de la ingente cantidad de gases contaminantes que esas máquinas de hierro vierten allá por donde se les permite circular.

No permitan que este antiguo campo de fútbol siga siendo un reducto y un refugio de bien para las personas de todas las edades que acuden a él para liberarse de ruidos, de coches, y de otras contaminaciones.

niñosjugandoNo permitan la paz en estos escasos metros cuadrados de tranquilidad, en esta isla sin más ruidos que los de los niños felices cuando entran y salen de los colegios. Inunden ese escaso remanso de calma y tranquilidad,  de coches que hagan rugir sus motores a cualquier hora del día o de la noche, en verano o en invierno, con frío o con calor.

No permitan que los ancianos sean felices en esta isla mínima. No permitan que personas mayores y jóvenes disfruten de la  molicie del ocio. Róbenles esa tranquilidad y esa paz inundándoles con la mecánica de cientos y cientos de caballos en forma de potencia de los motores.

No hagan caso cuando alguien les diga que los políticos tenían que ser primero ancianos para luego tener un mínimo de comprensión en su trato hacia ellos, como si ellos nunca fueran a pasar por ese plano inclinado de la vida que es la tercera edad.

Señores políticos, no se dejen engañar. George Porter dijo que el futuro de la humanidad está en el árbol. ¡Mentira!, no se lo crean. Los árboles sólo sirven para crear oxígeno y dar sombra en los duros veranos al sol. Hay que sustituir los árboles por coches, y cuántos más coches, menos árboles. Contribuyan al animalismo urbanístico y eliminen  los espacios libres de la ciudad, los espacios de ocio, de paseo, deportivos y de entretenimiento. Cemento, cemento y cemento. Y coches, claro.

Señores políticos y representantes del pueblo. Si por la tercera edad no han pasado, pero sí han sido niños algún día, no permitan que un solo niño de los presentes que atraviese el campo sea feliz y descuidado. No permitan que se abandonen al relax y a la concupiscencia de los sentidos. Ustedes tienen la obligación de acercar el coche al niño, para que el niño sea consciente de que está entre coches. El niño, ya desde niño, no se puede dormir en su camino al cole y a casa creyendo que está libre de coches. No les permitan esa felicidad transitoria. Bien saben ustedes que al salir por cualquiera de las calles que desemboca en  la constante taladradora de coches sin cesar, los niños deben vivir en un continuo estrés. ¡Contribuyan a ello!

No permitan crear campos de juego para los niños; que utilizen los juegos de ordenador para  que florezca la industria de esos juegos, aunque luego los haga  violentos. Que los niños no jueguen al aire libre que luego se aficionarán al deporte y pondrán en riesgo a las multinacionales de productos insanos.

Señores políticos,  aprovechen todos los metros cuadrados para que los coches formen parte de la geografía de este recinto sin par,  dotado de una tranquilidad que no es digna del siglo XXI. Por faniños juegosvor, cemento, calles y coches.

No permitan la creación de pulmones para la ciudad. No sean paleolíticos. Las constantes lluvias con las que el cielo nos premia hace que el aire atmosférico sea perfectamente respirable y evita que niños, ancianos y jóvenes tengan problemas respiratorios que tengan que ser tratados en los hospitales.

Por favor señores representantes, no hay derecho a que día tras día disfrutemos de tan salutíferos aires procedentes de las incesantes lluvias. No les voy a pedir, aunque me sigue constando que lo pueden hacer, que elijan entre detener tanta y tanta lluvia o crear espacios verdes, verdes y más verdes. No voy a ser tan ruin de ponerles en esa disyuntiva, a ustedes que pertenecen a otro estado estratosférico y tienen otra visión de la jugada. Visión distinta de los que hacemos las tres en raya día sí y día también por el antiguo campo de fútbol.

Por favor no caigan en la trampa de dejar espacios libres para el solaz de las personas de cualquier edad. Algún día, cualquiera de ustedes, cargado de años y de razones, podrá pasear entre el antiguo campo de fútbol y las nuevas tecnologías automovilísticas y podrán  comer la contaminación con cuchillo y tenedor. No se priven de semejante placer. Empiecen a construirlo cuanto antes.

Como decía John Lennon, demos una oportunidad a la naturaleza.

.Juan de austria- alcala de henares

Relato breve escrito por Pepe Marquina

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