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“El camión de mudanzas escarlata” … John Cheever

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.John Cheever- El camion de mudanzas escarlata

Adiós al mortal aburrimiento de repartir un raquítico pollo entre una familia de siete, y a todos los demás ritos de los pueblos de las colinas. No me refiero a las aldeas que están de veras montaña arriba, como Asís, Perugia o Saracinesco, encaramadas sobre un despeñadero de novecientos metros de hondo, con murallas de aquel deprimente color gris de los cartones para camisas y líquenes color mostaza que florecen sobre los vencidos tejados. El terreno, de hecho, era llano, y las casas de madera. Hablo del este de Estados Unidos, de la clase de lugar donde vive la mayoría de nosotros. El municipio independiente de B____ tenía una población de tal vez doscientos matrimonios, todos ellos con perros y niños, y muchos con servicio doméstico; se asemejaba a una ciudad de las colinas en un solo aspecto, es decir, en que los enfermos, los desencantados y los pobres no podían escalar el escarpado sendero moral que constituía su defensa natural, y en que llegado el momento en que cualquiera de sus vecinos caía bajo el virus de la infelicidad o el descontento, consciente de la inutilidad de residir en un paraje de tal altura espiritual, se iba a vivir a la llanura. La vida era del todo cómoda y tranquila. B____ estaba exclusivamente reservado a los dichosos. Las amas de casa besaban con ternura a sus maridos por la mañana y con pasión al anochecer. En casi todos los hogares había amor, benevolencia y abundante esperanza. Las escuelas eran excelentes, las carreteras lisas, perfecto el alcantarillado e impecables los demás servicios públicos. Una tarde de primavera, al ponerse el sol, un inmenso camión de mudanzas, con letras doradas en ambos costados, recorrió la calle y se detuvo delante de la casa Marple, que había estado vacía durante tres meses. Más

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“Lágrimas azules”… Pepe Marquina

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Acabo de recibir el mejor regalo de Navidad. Es la opinión de una lectora de mi libro, “Invité a los caracoles a soñar con la primavera”,  sobre uno de los cuentos titulado “Lágrimas azules”.

Dice así:

“Pepe, acabo de leer “Lágrimas azules”. Te doy mi más sincera enhorabuena: literatura en estado puro.

Compendio de conciencia ecológica, conocimiento biológico, humanidad, acervo literario: los Migueles, Balzac, tópicos: “locus amoenus”, arcaismos (otrora), transmisión generacional, riqueza léxica… Presidido todo ello por la función poética del lenguaje.

¿Qué más se puede pedir?

¿Has recibido algún premio por este cuento?.

Te cito, vanidoso autor: “Lo que tienes entre tus manos, desocupado lector, es una joya””

 Le contesto y le digo que el cuento sí obtuvo el primer premio de un concurso. Me permito incluir en este suelto las dos últimas líneas:

“El abuelo mira al cielo, la lluvia que cae le hace llorar, y su nieta, con sus besos, le seca sus lágrimas azules…”

.Invité a los caracoles

Suelto escrito por Pepe Marquina

“De antologías, de autores y de cuentos”… Mary Carmen

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Cuento-español-actualMe acerco a la Antología del Cuento español Actual (1992-2012) propuesta por Cátedra con el ansia del que quiere leer para aprender de aquellos que, por su buena escritura y por méritos propios, pertenecen al selecto grupo de autores de cuento (¿cuentistas?). No están recopilados todos, pero sí los más destacados en una excelente selección de Ángeles Encinar. Descubro nombres nuevos en cuentos nuevos. Pero, también, a los que ya admiraba. Y, escojo un nombre, uno cualquiera: Carlos Castán y me doy cuenta de que el azar no existe, se camufla bajo casualidad.

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“Dile a las mujeres que nos vamos” ……. Carver

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Quién fue mejor:  ¿Raymond Carver o Gordon Lish?

Una pregunta me corroe cuando leo el libro “DE QUÉ HABLAMOS CUANDO HABLAMOS DE AMOR”. ¿Cual es mejor la versión de Carver  “Principiantes” o la versión e Lish “De que hablamos cuando hablamos de amor” ?

Su lucha por salir del alcoholismo, su primer matrimonio con Maryann Burkdo fallido, y unas finanzas desastrosas, hicieron capitular a Carver, permitiendo a su editor Gordon Lish, cambiar la mitad de las historias y muchos de los finales. Hasta el punto de que Carver, que reconoció la brillantez del resultado, no quería que el libro se publicase con su nombre. Lish –afortunadamente- no le hizo caso y Carver se encontró de pronto con un éxito del que no se sentía totalmente responsable.

Gordon Lish redujo hasta en un cincuenta por ciento todos los relatos originales que componían este libro y cambió 10 de los 13 finales. El propio título fue elección del editor.  El título que Carver quería para sus relatos “The beginners” (Los principiantes) fue relegado al olvido. Pero Carver hizo prometer a su segunda esposa, la poetisa Tess Gallagher, que tras su muerte hiciera emerger sus cuentos originales.

En el relato “Dile a las mujeres que nos vamos” dos hombres dejan a sus mujeres en casa haciendo las tareas domesticas, mientras ellos salen a beber cervezas. Durante el viaje de vuelta a  casa, el sexo y las más bajas intenciones hacen acto de presencia, desencadenándose un final apocalíptico.

La gran diferencia entre el texto que Carver escribió y el que Lish publicó, es tan inmensa que lleva a confundir al lector, haciéndole sentir de manera diversa a los personajes. la versión de Lish es más cruda, más poderosa, más contundente. Pero la versión de Carver posee más compasión por sus personajes.

Os dejo el final de los relatos, para que podáis comprobar por vosotros mismos esta extraña realidad.

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Relatos Breves - Raymond Carver- De que hablamos cuando hablamos de amor.

No llegó a saber lo que quería Jerry. Pero todo empezó y acabó con una piedra. Jerry utilizó la misma piedra con las dos chicas: primero con la que se llamaba Sharon y luego con la que se suponía que le tocaría a Bill.

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Relatos Cortos - Raymond Carver- Principiantes

Traducción de Jesús Zulaika

Bill llego al final del pequeño desfiladero . Era ya muy tarde, casi de noche. Vio el lugar por donde alguien había subido colina arriba, y se dio la vuelta para volver sobresus pasos y tomar otro camino más fácil.

Había alcanzado a la chica menuda, Barbara, pero eso había sido todo. No había intentado besarla, y mucho menos cualquier otra cosa. Sinceramente no le había apetecido. Estaba asustado, de todas formas. Puede que ella estuviera deseándolo, puede que no, pero él se jugaba demasiado para siquiera intentarlo. Ahora ella estaba abajo, con las bicicletas, esperando a su amiga. No, lo único que él quería era reunirse con Jerry y volver a casa antes de que anocheciera. Sabía que se la iba a cargar con Linda, que seguramente estaba muy preocupada. Era muy tarde; tendrían que haber vuelto hacia horas. Estaba muy nervioso y apretó el paso para recorrer los últimos metros hasta la cima, hasta la pequeña meseta.

Los vio a los dos al mismo tiempo: a Jerry de pie al otro lado de la chica, con la piedra en las manos.

Bill sintió que se encogía, que se hacía delgado, que carecía de peso. Al mismo tiempo tenía la sensación de estar de pie frente a un fuerte viento que le azotaba los oídos. Sintió deseos de escapar, de correr y correr…., pero algo se movía hacia él. Las sombras de las rocas, al cruzarlas la forma de ese algo que se acercaba hacia él, parecían moverse con ella y debajo de ella. El suelo, a la luz extrañamente sesgada del atardecer, parecía haber cambiado de lugar. Bill pensó –un tanto injustificadamente- en las dos bicicletas que esperaban al pie de la colina, cerca del coche, como si la posibilidad de quitar de allí una de ellas pudiera cambiar algo las cosas, pudiera hacer que lo de aquella chica no le estuviera sucediendo en aquel momento en que acababa de coronar la cima de la loma. Pero ahora Jerry estaba allí delante de él, como sin consistencia dentro de la ropa, como si le hubieran despojado de los huesos. Y Bill sintió la pavorosa cercanía entre sus dos cuerpos: estaban a menos de un brazo de distancia. Y entonces la cabeza de Jerry descendió hasta descansar sobre el hombro de Bill, Y Bill alzó la mano, y, como si la distancia que ahora los separaba mereciera al menos esto, empezó a darle palmadas, a hacerle caricias, mientras se le iban llenando los ojos de lágrimas.

Raymond Carver

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