mujer andando

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No me quise quedar con su olvido, tampoco con su recuerdo. Se marchó para siempre, al menos eso creía yo, el día que por fin no fui capaz de recordar con exactitud el ritmo de sus pisadas y que ya no me afectó la profundidad de su mirada.

La encontré una mañana cualquiera, es asombroso cómo la memoria juega de manera aleatoria con los recuerdos.  Tal vez, no fue una mañana, quizás todo ocurrió en una de esas tardes en las que el verano se niega a doblegarse ante la llegada inminente del otoño. En esas tardes en las que hay un derroche de luz y de colores, cuando las hojas, antes de rendirse en caída precipitada hacia el suelo, se tiñen de colores ocres. Lo que sí sé es que éramos muy jóvenes, tanto que aún creíamos en la eternidad de los momentos y en la inquebrantabilidad de las promesas. Eran otros tiempos.  Más