Dos miedos me impedían vivir sin ansia desde que tuve seis años.

El primero llegó en seguida, el día aquel en que a mi madre se le cayó en la cabeza el espejo de la entrada, y se hizo mil pedazos. Ella chilló:

  • Alejaos todos— mientras se tapaba la cabeza con la mano intentando parar la sangre que brotaba como si fuese una fuente china.
  • Cuantos años de mala suerte, y a ti – le gritó a mi padre que se había quedado de pie sin saber que hacer – a ti y a la bruja de tu madre que colgó el espejo, os voy a matar, fuera de mi vista – y lloraba sin parar.

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