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“Bóreas” … Merche Postigo

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.Bóreas - viento del norte

Hoy 23 de diciembre de 1990, y mientras el vuelo de Iberia IB5018 rueda por la pista en dirección a la zona de despegue, Nora añora la navidad. Las últimas indicaciones del asistente de vuelo, un elegante y sonriente joven, que no ha dejado de mirarla hasta que la señal del cinturón de seguridad se ha apagado, apenas si la han distraído de sus pensamientos. La mañana ha amanecido con lluvia y viento, lo que está haciendo de la maniobra de despegue una tarea difícil y turbulenta. Las manos de Nora se aferran al reposa-brazos del asiento como si de un salvavidas se tratase. Tiene pánico a los despegues y cuando las ruedas del avión abandonan el dulce tacto de la pista, se aferra con fuerza y cierra los ojos. La voz amable del sobrecargo la obliga a despertar de su mal sueño. ”¿Todo bien señora?” “¿Desea tomar algo? Quizás una copita de vino para calmar el miedo”. Apenas si puede asentir con la cabeza y a cambio le ofrece una leve sonrisa. Sus ojos aún tienen reflejos del llanto que desde anoche apenas puede contener. El sobrecargo ha decidido ignorar las lágrimas de Nora y tan pronto el avión se estabiliza le sirve un botellín de vino blanco de Rueda con unas almendras. A través de la ventanilla Nora ve como se alejan las terrazas de Roma. Después el avión toma altura y el mar inunda todo de azul. Nora da un sorbo a la primera copa de vino. El miedo y un inmenso sentimiento de culpa favorecen que los recuerdos comiencen a saturar su cabeza con historias de otros tiempos que ahora ve alejarse. Más

“Parpadeo”… Mary Carmen Caballero

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No hay nada, tan solo una soledad letal y corrosiva que anega mis entrañas. Es raro, todo a mi alrededor permanece contagiado de tristeza. Busco en los rostros de algunos de los que me rodean la mirada cómplice de la comprensión, pero es absurdo nadie se fija en mí.

Sigo la rutina de todos los días, el recorrido en metro que repito machaconamente cada mañana cuando me dirijo al trabajo. Muchos rostros me son  familiares, algunos de esos pasajeros anónimos, tan anónimos como yo, alguna vez, en alguna ocasión del todo fortuita y casual, han cruzado conmigo una mirada efímera y hasta he creído entrever un esbozo de sonrisa fugaz a modo de saludo tácito y breve. Sin embargo, hoy nadie se fija en mí. Ni en la mirada acuosa de mis ojos, ni en el cansancio moral que me invade hasta el punto de sentir mis piernas de plastilina como si en cualquier momento se fueran a partir y a lanzarme irremediablemente contra el suelo. El traqueteo del tren agita mi interior como si fuera una batidora. También mis pensamientos. Más

“El rock de la cárcel” …Matilde Tricarico

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.El rock de la carcel - Corazon dulce

Paula está en el pasillo, acaba de abrir la puerta.

No hay nadie, quita la alarma, y distraída la vuelve a poner. Marca los números, uno dos, uno dos.

Está agotada. La operación de esta noche había sido complicada y  larga.

Dos cánceres de colon, en total seis horas de pie, cuatro compañeros para controlar y la responsabilidad final suya, y de nadie más. Durante un instante, en medio de la operación cuando hubo una “dehiscenza del anastomosis”, una complicación muy grave, estuvo a punto de desmayarse .Su asistente tuvo que sujetarla y ella, en vez de darle las gracias, le echó una bronca. Tendría que volver a suturar otra vez. Más

“Pacto de hermanas”… Mary Carmen Caballero

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.Hermanas - campos de castilla

Son las cuatro de la tarde. El calor incendia la tierra desprendiendo un vapor de caldera que mueve con ilusiones ópticas el paisaje que la rodea.

Este verano es asfixiante. En todos lados hace calor, pero en ningún sitio es tan aplastante como en La Mancha– piensa.

Lo cierto es que ella no tiene demasiados elementos de juicio para establecer una conclusión tan categórica, y no los tiene, entre otras razones, porque jamás ha experimentado en toda su vida otra realidad que no sea la de esta tierra reseca y árida en la que ha transcurrido su medio siglo de vida.

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“Encuentro”… Mary Carmen Caballero

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abrazoHabían alquilado la casa en lo alto de la colina en un paraje idílico, lejos de las otras construcciones de la mancomunidad. Lo habían hecho de mutuo acuerdo aunque desde lugares diferentes. Tomar la decisión no había sido sencillo y lo habían pospuesto en demasiadas ocasiones. Llegaron por separado cada uno con su pequeña maleta y los dos se quedaron inmóviles frente a la puerta esperando que el otro tomase la iniciativa y la abriera. La risa incontrolada y la dificultad al girar la llave evidenció el nerviosismo de él,  la falta de coherencia en las frases incipientes que ella pronunció delataron la inquietud de ella. Más

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