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“Marie” … José L. Recio

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Playa Cala en Cadiz

Después de casados, Pierre y yo nos cambiamos de Pau, donde vivíamos, a Cerbère, donde le habían ofrecido un trabajo de guarda parques. El pueblito donde nos instalamos, situado entre el mar y el extremo este del pirineo francés, nos encantó a primera vista, y disfrutamos de nuestros paseos por la playa. Un atardecer, al comienzo del ocaso, descubrimos una cala escondida entre dos rocas grandes y oscuras. El lugar nos cautivó. Algunas familias con niños se bañaban y, jugando, salpicaban el agua. Cuando yo miré a mí alrededor, sin embargo, me sorprendió la presencia de una mujer mayor, de apariencia extraña, vestida de negro de pies a cabeza. Estaba sentada en la arena de espaldas al agua. Hice que Pierre la viera también.

  • ¡Oh! —dijo él— Debe ser la Vieux Cécile. Yo he leído algo acerca de ella. Nadie sabe cuántos años tiene. La gente de aquí especula que duerme donde las águilas rondan en la montaña. Ya sabes. Es una leyenda.
  • Da miedo.
  • Es verdad. Cuando algo malo pasa en el pueblo, todo el mundo culpa a la Vieux Cécile por ello. Esta cala es su sitio favorito durante el día. Se sienta a pleno sol durante horas sin hablar con nadie.

La cala escondida se convirtió en nuestro lugar de preferencia en la playa. Un atardecer, tres años más tarde, mientras Pierre y yo tomábamos el sol tumbados en la arena, yo me preguntaba cuando nos llegaría la hora de tener un hijo. La anciana mujer se sentaba no lejos de nosotros, y yo tuve la impresión de que ella habló: “Vas a dar a luz a una niña dotada”.

  • ¿Dijiste algo? —Pregunté a Pierre.
  • Yo no he dicho nada. ¿No será tu imaginación?

Dos días más tarde, una mañana, después de que Pierre se había ido al trabajo, salí para regar las plantas del pequeño jardín enfrente de la casa cuando vi una canasta de paja  junto a la puerta. Con precaución, miré dentro de ella. Se me cortó la respiración: ¡Un bebé balbuciente y en pañales! Mis ojos no lo podían creer. Entonces, oí un batir de alas: un águila negra se alzó en vuelo sobre el tejado de la casa. No supe qué pensar. Mi corazón latía con fuerza dentro del pecho. Agarré la cesta y la llevé a casa. Inmediatamente telefoneé a Pierre.

  • ¡Es niña! Pierre, y puede que solo tenga una semana. Con mucho cuidado, alcé al bebé y le sostuve en los brazos.
  • Parece muy normal —dije.
  • Llama al médico. Ahora mismo regreso a casa.

El doctor dijo que el bebé estaba sano. En el pueblo, todo el mundo expresó asombro acerca de lo ocurrido. Las autoridades emprendieron una operación de búsqueda para encontrar a los padres del bebé. El párroco la bautizó con el nombre de Marie. Mientras tanto, el juez de la región autorizó que, por el momento, Pierre y yo actuáramos como padres adoptivos. Cuando pasó un año sin que la búsqueda diera resultado alguno, yo convencí a mi marido para que adoptáramos a Marie de forma definitiva.

Nuestra hija, de pelo negro y ojos verdosos y vivaces, iba creciendo y transformándose en una niña fabulosa. Pero cuando los tres íbamos a la cava favorita a jugar en la arena y bañarnos, me invadía una ola de aprehensión cada vez que veía  a la Vieux Cécile sentada allí. Y si esta mujer…yo pensaba, pero no decía nada.

Con el tiempo, comencé a notar que Marie poseía una extraordinaria capacidad visual. En una ocasión, yo la observé mientras ella estaba sentada en el suelo en el medio de su habitación, de cara a la ventana, coloreando una margarita sobre la cual ella había dibujado una avispa.

  • Tu dibujo de la avispa es muy realístico —dije.
  • La avispa está todavía posada en la flor —me contestó, apuntando a la ventana.

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Me acerqué a la ventana y vi que afuera, en el jardín, había una avispa en una de las flores. Me quedé pasmada de la capacidad visual de Marie. ¿Sería una niña visualmente dotada? El recuerdo de la Vieux Cécile vino a la memoria.

Marie comenzó la escuela primaria en Argeles-sur-mer, una pequeña ciudad situada algunos kilómetros al norte de nosotros. Una mañana de densa niebla, en la que no se veía ni los pies, algunos padres subimos al autobús escolar para acompañar a los niños. Cuando faltaba poco más de un kilómetro para llegar al colegio, la niebla se hizo todavía más densa. De repente, Marie exclamó: ¡Hay un ciervo en la carretera! Rechinaron las ruedas, y el autobús disminuyó la velocidad y se paró a unos metros enfrente de un cervatillo que estaba parado en medio de la carretera, deslumbrado por las luces del vehículo.

  • ¿Quién dijo ¨hay un ciervo en la carretera¨? —Preguntó el conductor.
  • Ella lo dijo —gritó uno de los niños y señaló a Marie.
  • ¡Uf! Niña, tú tienes ojo de águila —dijo el conductor.

El ciervo se arrancó corriendo hacia los árboles de afuera de la carretera. El autobús reanudó la marcha. Marie se sentó hundida en su asiento durante el resto del viaje sin decir una palabra.

Pero después de aquel incidente, yo tenía que empujarla para que subiera al autobús escolar. ¿Qué pasa, Ojo de Águila?, el conductor le preguntaba, pero ella permanecía cabizbaja. La maestra nos decía que Marie se lo pasaba mirando a las musarañas. Recomendó que se quedara  en casa hasta que encontrásemos cual era su problema. A Marie se la veía distraida. Una noche, se despertó dando gritos. Pierre y yo fuimos corriendo a su habitación.

  • ¿Qué te pasa, mi niña?

Marie estaba sentada en la cama, retorciéndose las manos y con los ojos muy abiertos. Yo la abracé.

  • ¡Mis ojos…Me estoy volviendo un águila!

Yo me quedé helada (más tarde, Pierre dijo que yo estaba muy pálida). Mientras abrazaba a Marie, me las apañé para agarrar la mano de Pierre.

  • La Vieux Cécile! —exclamé y apreté la mano de Pierre con todas mis fuerzas.
  • ¡Antoinette, cariño, cálla! Eso no es más que una leyenda. Yo creo que Marie está todavía asustada tras el incidente del cervatillo y lo que el conductor le dijo. Ella lo toma literalmente.

Entonces, Pierre salió de la habitación como de estampida. Un minute después volvió con un espejo de mano.

  • ¡Mírate aquí, Marie, cariño! —le dijo.

Ella me apartó un poco y se miró en el espejo.

  • Esos son tus ojos, no son los de ningún águila —dijo Pierre— Tus ojos son preciosos y son solo tuyos.

Marie se volvió hacia mí para abrazarme. Yo le repetí las palabras que acababa de decirle Pierre, y ella, ya calmada, se sonrió y dijo que sí con la cabeza.

Agila

Relato Breve escrito por José L. Recio

(*) Este relato es una traducción del inglés hecha por el autor cuyo original se publicó en la revista With Painted Words (Jan-Feb 2018)

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“Alimentando a la familia” … José L. Recio

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.Chicago bus


Ir en autobús a trabajar me es más ventajoso que conducir porque el autobús para cerca de mi apartamento y del hospital donde trabajo como ayudante de cocinero.

Yo tengo 21 años. La mayor parte de la gente que viaja en el autobús es mayor que yo. Casi nadie habla, solo intercambiamos algunas miradas. En particular, hay un señor mayor, delgado, de pelo canoso, aunque abundante, que acapara mi atención. Usa gafas de lentes redondas sin montura y tiene aire de filósofo. Siempre está en el autobús cuando yo subo.

Ayer, una mujer joven, sus hombros cubiertos con un chal ajado, estaba sentada en el banco que hay bajo la marquesina de la parada del autobús. La mañana estaba soleada. Un niño de unos 5 años, de pelo largo y sucio, que le tapaba las orejas y le bajaba hasta los ojos, jugaba con un perrito terrier en la acera. Yo me situé de pie a la derecha de la mujer.

Un autobús llegó y paró. No era ni el mío ni el de ellos. Reanudó la marcha. Después que se fue, yo levanté los ojos y vi un hombre grueso, vestido con una camisa azul, desgastada, y pantalones de pana, que salía de un McDonald, situado al otro lado de la calle, enfrente de nosotros. Se paró de pie al lado de su camioneta y comenzó a desenvolver un bocadillo McMuffin.

—Psst— la mujer del chal chistó al niño, levantando la barbilla hacia donde estaba el hombre grueso.

El chiquillo comandó al perro, y ambos atravesaron la calle, libre de tráfico en aquel momento, corriendo. Niño y perro rondaron alrededor el hombre grueso por un tiempito hasta que el terrier dio un salto acrobático y le arrebató el bocadillo de las manos. Hecho esto, el animal salió corriendo con la comida entre sus dientes.

—Yo se lo voy a traer de vuelta— dijo el niño, mientras corría detrás del perro.

El hombre se limpió sus dedos grasosos en los pantalones.

—No te molestes, chaval, el perro ya tiene la lengua en ello— gritó, y caminó de vuelta al restaurante.

Niño Filosofia discurso del metodoEl terrier dejó caer el trofeo a los pies de su ama. Ella lo recogió y lo dividió en tres partes. Mi autobús llegó, y yo subí a él. A través de las ventanillas traseras vi que los tres, sentados en el banco, disfrutaban del bocadillo. ¡Fascinante! Pensé.

Esta mañana, antes de tomar el autobús, por capricho, fui al mismo McDonald y compré un bocadillo McMuffin. Salí y me paré en el bordillo de la acera mientras lo desenvolvía. Como ayer, la misma familia estaba bajo la marquesina de la parada del autobús, mirándome. Antes de que parpadeara tres veces, el niño y el terrier estaban a mi lado. Dado que yo ya sabía lo que buscaban, ofrecí mi bocadillo al chiquillo. Pero él lo rechazó con gesto de disgusto, y el perro orinó en mi zapato. Frustrados, ambos regresaron al lado de la mujer.

Mi autobús llegó a la parada, y yo crucé la calle justo a tiempo para tomarlo. El filósofo estaba sentado en uno de los asientos delanteros. Intercambiamos una mirada.

—Usted les interrumpió su método— dijo.

Yo me quedé helado.

El filósofo estaba leyendo un libro titulado ¨El Discurso del Método¨, de  René Descartes.

—¡Esclarecedor!— exclamé, y me abrí camino hacia el fondo del autobús.

.Filosofia Descartes

Relato Breve escrito por José Luis Recio 

*Traducción hecha por el autor del mismo cuento originalmente escrito en inglés y publicado online (fewerthan500.com/feeding-the-family) en Mayo 17, 2019.

“Mecánica Popular” … Raymond Carver

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Nieve sucia en Brookling - Mecanica Popular

Aquel día, temprano, el tiempo cambió y la nieve se deshizo y se volvió agua sucia. Delgados regueros de nieve derretida caían de la pequeña ventana -una ventana abierta a la altura del hombro- que daba al traspatio. Por la calle pasaban coches salpicando. Estaba oscureciendo. Pero también oscurecía dentro de la casa. Más

“La ensalada” … Alberto Ramirez

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.Ensalada - lechuga

Come con una voracidad que da asco.

Lo veo masticar entre bocados desesperados, oigo el crujir fresco en su boca y me dan ganas de divorciarme. Ni siquiera escucha. Ahora está comiendo su ensalada, como cada noche. Parece mentira que sea un profesor universitario. Nadie lo creería si lo viera cenar, a solas, conmigo. Más

“El maniquí” … Alberto Ramirez

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Maniqui- Basura

Encontró un maniquí entre cubos de basura y se lo trajo a casa. Yo no había visto nunca uno así. En vez de ser de plástico estaba hecho de espuma: un material suficientemente espeso para mantenerle erguido, suficientemente blando para clavarle un objeto punzante. Claro que estaba sucio. Pero lo que más me impresionó fue su parecido con un hombre real. Más

“Gafas en la nevera” … Matilde Tricarico

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.gafas en la nevera - caja galletas danesa

Se extrañó, la abría todas las mañanas y nunca antes la había visto. Con su presbicia era difícil distinguir los objetos sin las gafas correctoras.

Además procuraba dejar la capa del fondo siempre llena para no quedarse sin ellas en un día de lluvia. La misma caja de galletas danesas desde hace años. Él no iba a cambiar lo que estaba bien y había dejado su mujer.

La llave era pequeñita, la mitad de su dedo menique, dorada, descolorida.

La palpó como si quisiera que le hablara y le contara su secreto, igual no había ninguno. Estaba sola y olvidada en medio de las galletas que no le hacían caso. Más

“El caminante y el halcón” … José L. Recio

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.El caminante y el halcon - Colibri de cola larga

Cuando la luz y la sombra alcanzan un marcado contraste, el calor quema la maleza,  y los guijarros crepitan bajo la suela de las botas, un joven ornitólogo, su rostro y brazos bronceados por un despiadado sol del desierto, camina por un sendero solitario. Dos horas antes, marchaba por un desfiladero entre castaños y plantas de hojas anchas, siguiendo el curso del pájaro “sílfide de cola larga, una especie única de colibrí, para, si la oportunidad se presentase, capturarlo. ¿Cómo fue que perdió su curso y ahora se encuentra en este caluroso valle?

Con la palma de su mano, el joven se limpia el sudor de la frente. Está disfrutando de la experiencia, no obstante: la vista de las lejanas colinas, el dorado campo, el verde cactus con su fruta roja, el sonido de sus pasos… ¿Pero cómo ha llegado él hasta aquí? ¡LaSílfide azul lo hizo! En su imaginación, él ve otra vez aquel insecto azulado, excepcionalmente grande, que, surgiendo de un arroyuelo que corría justo al borde de la vereda por la que caminaba, gira hacia él y su pálida cara, como de muñeca, lo mira fijamente: ”Yo soy una sílfide, y en nuestro mundo, nos protegemos los unos a los otros. Deja al colibrí en paz”. El viento le trae estas palabras a sus oídos, en tanto que el insecto bate sus alas. En aquel momento, una fuerte corriente de aire lo desplaza. Y ahora, aquí está, caminando por este sendero polvoriento.

Está tratando de orientarse cuando un pájaro grande, posado en la punta de un cardo solitario, acapara su atención. Es un halcón. Se acerca al pájaro. ¿Qué verá en mí un ave de rapiña? El halcón aprieta sus garras con fuerza. El ornitólogo admira su cuerpo alargado, sus plumas de color castaño, su pico curvado en la punta y sus poderosas garras. Lentamente, se le va acercando aún más, agarrando las tiras de cuero de su mochila, y entonces ve manchas de sangre en la pechuga. Se detiene al borde del sendero, en frente del halcón, el cual adopta una pose arrogante y desafiante. El pico aparece manchado de sangre también. El joven aborrece lo que está viendo: el halcón ha atrapado una paloma blanca, que sangra, moribunda, entre sus garras. De nuevo, aparece la Sílfide azul, aleteando en el aire entre él y el halcón: “Renuncia a tus intenciones de capturar el colibrí de cola larga. Mira lo que le está pasando a esa paloma blanca”—una suave brisa le trae estas palabras.

Mucho que aprender, reflexiona el caminante, y otra vez apela a su intuición para encontrar su rumbo.

.El caminante y el halco - el halcon

Relato Breve escrito por José L. Recio

El cuento “El caminante y el halcón” es una traducción hecha por el autor del original en inglés (“The Hiker and the Hawk”) publicado en la revista Aether and Ichor (febrero 26, 2017)
El cuento en su versión española fue publicado por las dos castillas  (Junio 12, 2017 )

 

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