Inicio

“Al retornar” …José L Recio

Deja un comentario


.

Al retornar

.

Las campanas cuyo repique oigo,

Los gorriones que vuelan en el parque,

Las gentes que pasean por las calles,

Las calles y las plazas de esta ciudad,

Donde nací, crecí y luego partí

Al volver, las cosas no se ven lo mismo.

Más

“La artista” …. Patricia Highsmith

2 comentarios


Misoginia – Del gr. μισογυνία misogynía. 1. f. Aversión a las mujeres.

.

En la época en que Jane se casó, no parecía haber nada extraño en ella. Era regordeta, bonita y muy práctica: capaz de hacer la respiración artificial en un abrir y cerrar de ojos, reanimar a una persona desmayada, o detener una hemorragia nasal. Era ayudante de un dentista y no se inmutaba ante una crisis o un dolor. Pero sentía entusiasmo por las artes. ¿Qué artes? Todas. Empezó, durante el primer año de casada, con la pintura. Esto ocupaba todos sus sábados, o suficientes horas del sábado como para impedirle hacer la compra del fin de semana, pero la hacía Bob, su marido. También era él quien pagaba el enmarcado de los retratos al óleo, sucios y con los colores corridos, de sus amistades. Las sesiones de posa de los amigos también consumían buena parte del tiempo durante el fin de semana. Al fin, Jane admitió el hecho de que no lograba evitar que los colores se corriesen, y decidió abandonar la pintura por la danza. Más

“Relatos Indisciplinados” … Victoria Alonso Gutiérrez

Deja un comentario


20200217_111740

El relato “Indisciplinada”de Mary Carmen Caballero  es un juego homenaje a los 33 relatos que aparecen en el libro Relatos Indisciplinados de Victoria Alonso Gutiérrez que acaba de salir publicado en la Editorial Tregolam.

Las palabras en negrita del relato son un guiño con los títulos de los relatos de Victoria, que han sido el hilo conductor de esta historia indisciplinada. Unos relatos, los de Victoria, escritos desde una prosa cercana y certera, con un realismo palpable, con matices de ficción que se filtran para moldear la realidad y que de ese modo traspase lo cotidiano y se transforme en literatura. Con un estilo ameno, conciso y claro, relata Victoria desde la voz protagonista que se camufla en un narrador omnisciente a veces, en otras ocasiones se torna en protagonista y, en otras, cuenta y observa simplemente desde la distancia.

Relatos indisciplinados, es un libro personal imaginativo y potente, que desnuda el alma de la escritora y su forma de entender las vivencias, los afectos y la creación literaria. De lectura amena, son retazos de reminiscencias experimentadas, otras, quizás, tan solo vivencias soñadas. Imaginación y testimonio, escrito indisciplinadamente, sin guía temática, unos escritos como terapia y otros como mera recreación literaria, en una amalgama de trampantojos a su propia vida, enmarcada en un contexto de proximidad existencial que impacta y toca a todos.

Mujer de afectos y de reflexiones, de emprendimiento y de anclaje, de sueños y de retos, de ella misma dice: “Nací un miércoles de nieve de un año bisiesto en Madrid. Mi ansia por andar y recorrer el mundo me hicieron nacer de pie. A partir de entonces no he parado y lo peor de todo es que no puedo parar…”. Buen lema para una vida.

Quiero dejar, como se hace en los vagones del metro de Madrid, la impronta de algunas entradas de sus relatos, para que animar a que la lectura continúe en el libro:

 

  • “Adelina se despidió con los ojos llenos de brillo, pletóricos de luz. El pañuelo a la cabeza y su extrema delgadez evidenciaban su enfermedad. Aquella situación se convirtió en un brindis al sol. […]” En el relato, “Adelina”.

 

  • Padre tenía diez años cuando empezó la guerra. La guerra. En España nunca hay que ponerle apellido a la palabra guerra. La peor de las guerras, la que se vive entre hermanos, vecinos, compañeros…[…] En el relato “Padre”
  • “Me asomo por el agujero de mi persiana y miro al cielo. Desde mi situación solo alcanzo a ver a seis viejas y media sentadas en los cables del tendido. Solo cuatro de ellas miran de frente y dos de ellas, de perfil. La media vieja está sola en uno de los cables y goza de una posición más alta y privilegiada. […] En el relato “Seis viejas y media”

 

  • “Me llamo Luz y vine al mundo un día de la primavera del treinta y dos. Fui una niña no deseada, aunque concebida con mucho amor. Eso sí, amor clandestino, pero muy grande. Uno de esos amores de copla que tan de moda estaban en aquellos días. […] En el relato “Luz es mi nombre”

 

 

Tiempo de escribir, tiempo de leer, tiempo para estos Relatos Indisciplinados.

¡Enhorabuena, Victoria, escritora indisciplinada !! 

 

“El hombre barrigudo” … José L. Recio

2 comentarios


..

El hombre barrigudo piensa que él es un barril. Su creencia le viene de un sueño repetitivo que tiene desde hace muchos años. El hombre se cree lo que sueña. Cuando se mueve, oye un gorgoteo de líquido dentro de su estómago. Mientras duerme, el barril rueda sobre el eje de su cama y choca con la punta de su bota o con la botella de cerveza dejadas en el suelo. Pero el hombre barrigudo apenas si nota las magulladuras. Medio dormido, se levanta, vuelve a la cama y descansa por algún tiempo. Por la mañana, se levanta, entra en el cuarto de baño, se para frente del inodoro, abre el grifo del barril y orina. Después va a la cocina y se toma la primera botella de cerveza entera de un trago para comenzar la jornada y rellenar el barril. A medida que transcurre el día, el hombre hace una pausa entre lata y lata de cerveza y recuerda que hubo un tiempo en que trabajaba y tenía esposa y amigos. Pero lo despidieron del trabajo y también perdió el afecto que una vez sintió por su mujer y amigos. Al final del día, el hombre barrigudo siente que su vientre se vuelve tenso como cuerdas de guitarra, teme que el barril se rompa y piensa si necesita un refuerzo, pero cuando se vuelve a dormir, sueña el mismo sueño.

El hombre barrigudo

 

Relato Breve escrito por José L. Recio

 

“El caballete en la playa” …José L. Recio

Deja un comentario


Tomé un vuelo de noche, desde las prósperas colinas de Hollywood hasta el orgulloso Pico Isabel de Torres, en la República Dominicana.

Deja Los Ángeles, Audrey, y vete a algún lugar exótico donde reavivar tu talento artístico, mi amiga Debbie había dicho. Yo admiraba sus habilidades artísticas y dudaba de las mías. Aun antes de que completáramos nuestros másteres en las Artes Visuales el año pasado, yo sabía que no llegaría muy lejos como pintora. Seguí el consejo de mi amiga Debbie, sin embargo, y viajé a la Isla.

Me desperté en el hotel al amanecer con el murmullo del mar, una suave brisa y los chillidos de las gaviotas filtrándose a través del balcón abierto, un despertar placentero. Me llegué descalza hasta el balcón. Un vasto espacio verde-azul se extendía sin límites, las olas se mecían sobre la arena blanca y el Pico Isabel de Torres parecía enviar un solemne saludo—un panorama divino. Fascinada por el paisaje, me animé a hacer un rápido esbozo y luego crear una pintura al óleo.

Coloqué el caballete en el balcón abierto de par en par. Apenas si había trazado las primeras líneas en el lienzo cuando mis ojos toparon con la figura, un tanto extraña, de un hombre joven y delgado de aproximadamente mi edad que estaba vestido con un niqui blanco y pantalones kakis desgastados. Estaba de pie, descalzo sobre la arena, enfrente de su caballete, situado entre mi habitación y el borde de la costa, de cara al mar, pintando. De modo alternativo, apartaba brevemente sus ojos del lienzo para mirar a una joven morena en bikini que yacía bocarriba sobre una toalla extendida en la arena a pocos metros al frente y a su izquierda, y enseguida al mar y otra vez a su lienzo para seguir pintando. Mi curiosidad por entender su proceder iba en aumento, y después de una hora de intentar mi esbozo ya no pude más y bajé a la playa, me presenté como colega artista y eché un vistazo a su trabajo.

Inmediatamente me di cuenta de que acababa de conocer a un bicho raro: cabello rubio desordenado, ojos azules que evitaban la mirada directa, una sonrisa extraña y gestos desmañados. Por suerte, hablaba inglés. Su caballete contenía un lienzo en el que él había pintado una mujer escultural cabalgando desnuda sobre la cresta de una ola. Deduje que la joven que estaba tumbada cerca de nosotros le servía de modelo. Con una sonrisa de cortesía y, para ser franca, una pizca de envidia de su espléndida figura (en contraste con la mia: bajita, pelo negro, corto, y ojos oscuros), volví la cara hacia ella: era la mujer de la pintura. La sonrisa indiferente y como en sueño con que respondió a la mía me hizo pensar que ella y el pintor no se conocían. Yo felicité al joven (´Theophilus´ dijo que se llamaba) y me alejé, paseando por la orilla del mar.

Una hora después de mi fantasmagórico encuentro con Theophilus, mientras saboreaba un mojito en el bar del hotel, me hallé obsesionada con su método de composición, pensando que nunca se me habría ocurrido hacer lo que él hizo. ¡Y tan hermosamente! Me dio por pensar sobre los aspectos relacionados con esa caverna misteriosa de la mente en la que habitan la intuición, la inspiración y la imaginación.

Me encontraba todavía absorta durante el almuerzo cuando el camarero trajo el postre (Pastel Tres Leches) y, detrás de él, vislumbré a la mujer del bikini, que ahora llevaba una blusa de lino fino y un sombrero Pamela. Estaba sola y ocupó una mesa cerca de mí. No dudé en acercarme, presentarme y pedirle disculpas por mi impertinencia cuando estábamos en la playa. Dijo que se llamaba Lupe y que era de La Florida.

  • Ese tipo está pirado –dijo.
  • Es un artista.
  • Lupe asintió con la cabeza.

En realidad, yo soy modelo –dijo– pero no poso para él. Como te darías cuenta, él se  apropió de mi imagen. Me tiene sin cuidado, porque está chiflado.

          ¿No le importaba?

  • Pero tiene imaginación –dije.
  • Lo que tú digas, guapa –dijo Lupe– ¿Te apetece una copa?
  • Gracias, pero ahora tengo que irme. Tal vez en otra ocasión.

Lupe asintió de nuevo.

Tres días después, volví a ver a Theophilus en la playa, cerca del agua, pintando. Había enterrado una botella de cerveza en la arena, de modo que solamente el cuello, orientado hacia el mar, quedaba al descubierto, y repetidamente miraba a este objeto-modelo y luego daba toques a su pintura. Cuando me acerqué a su caballete y eché una mirada a su trabajo, me quedé sin habla, porque la imagen en el lienzo estaba en desacuerdo con su modelo. Había pintado un buen número de objetos de cristal multicolor de diferentes tamaños y formas, los cuales parecían que estuvieran amontonados al azar en un rincón de algún almacén. En su pintura se veían botellas panzudas de cuellos estrechos, porrones de vino, platos y lámparas de adorno… Me llamó la a tención el cuidado con que el pintor había distribuido los colores, los tonos y los reflejos de luz, que se filtraba de forma misteriosa, entre todos estos objetos. De repente, se me ocurrió la idea de que tal vez estaba contemplando una imagen instantánea creada a imitación de lo que se observa al mirar a través de un caleidoscopio. En aquel momento, me volví para ver la botella de cerveza medio enterrada en la arena: el reflejo de la luz del sol sobre el agua llegaba al cuello de la misma y su centelleo daba lugar a momentos ilusorios de multiplicación. ¡Ajá! La fuente de inspiración para Theophilus se originaba a partir del fenómeno de la luz. Le felicité por su trabajo artístico. Él no dijo nada, pero movió la cabeza afirmativamente, como dando las gracias.

          Me quedé en Puerto Plata una semana más, e incluso completé un cuadro con una escena portuaria, pero durante mi estancia, descubrí que, al mismo tiempo de considerarme un artista en activo, soy investigadora del proceso de creatividad, es decir, de las conexiones que existen entre el arte y la naturaleza humana.

Dejé mi dirección a Theophilus, pero no estoy segura de que él la usará. Cuando regresé a Hollywood, le conté a Debbie mis experiencias en la isla; ella dudó de que mi nuevo objetivo me lleve muy lejos.

Relato Breve escrito por José L. Recio

*El original en inglés se publicó en la revista With Painted Words en Octubre 2019.

“El candado y la albahaca” … Matilde Tricario

Deja un comentario


Dos miedos me impedían vivir sin ansia desde que tuve seis años.

El primero llegó en seguida, el día aquel en que a mi madre se le cayó en la cabeza el espejo de la entrada, y se hizo mil pedazos. Ella chilló:

  • Alejaos todos— mientras se tapaba la cabeza con la mano intentando parar la sangre que brotaba como si fuese una fuente china.
  • Cuantos años de mala suerte, y a ti – le gritó a mi padre que se había quedado de pie sin saber que hacer – a ti y a la bruja de tu madre que colgó el espejo, os voy a matar, fuera de mi vista – y lloraba sin parar.

Pudo acercarse a ella la asistenta que teníamos en casa, barrió los trozos de cristal y le ofreció la mano para levantarse. A mi madre el temor a que se rompiera un espejo, y sufrir los mismos años de desgracias que el número de cristales en el suelo le había llegado de pequeña.  Era una historia de familia que contaba siempre que veía un espejo.

  • Hija, no necesitamos tantos espejos, con tener uno en el cuarto de baño. A la abuela Jacinta, justo antes de casarse se le rompió uno en tres trozos, y su novio de entonces, el abuelo Fernando, tuvo que irse a la guerra tres años y volvió con la pierna rota.

El segundo era un miedo que me transmitió la tía Emilia:

  • Chica, procura que no te barran los pies con una escoba, si no te quedarás soltera.

Ellas no pudieron estudiar y era lógico que creyeran en los dichos populares. Yo no tenía excusas. No llevaba espejos de bolsillo, ni me arrimaba a ninguno que estuviera colgado, salía a la calle siempre despeinada.  En mi familia la superstición se trasmitía de generación en generación como un hilo invisible y fuerte que no se podía romper.

 Mi tía Emilia, que tenía otras supersticiones, al final no se casó. Su novio se empeñó en comprar un piso en la calle Soria número trece, un piso fabuloso, mirando a la plaza.

  • Emilia – le dijo – no seas aguafiestas, hay que mirar al progreso y no quedarse con las supersticiones – Emilia le contestó enfadada:
  • No tiene nada que ver con el progreso, es el número 13 que no va bien.

La estaba llamando ignorante, a ella que había estudiado toda la enciclopedia Larousse. Riñeron, y cuando él arrepentido lo puso en alquiler y compró otro, en la Avenida de Burgos, tampoco quiso Emilia porque la pintura del edificio era de color amarillo.

Al siguiente pretendiente lo dejó por abrir el paraguas en casa justo antes de salir a la calle. Y encima, en el descansillo el portero le barrió los pies con la escoba.

  • Perdone señorita Emilia, lo he hecho sin querer.

Esa tarde lluviosa se decidió su destino. Se quedó sola.

Mi padre, su hermano, perdió uno de sus trabajos porque aquel día, un gato negro se cruzó en su camino. Un gato negro. Tenía que esperar a que alguien cruzara la calle antes que él. Esperó unos diez minutos, luego se apoyó en la pared buscando la sombra. Recordaba las palabras de su madre:

  • Hijo no pases después de un gato negro, espera a que venga alguien y él se llevará la mala suerte.

 Así, en la espera, a pleno sol en el mes de julio, solo protegido por una rama fina de un árbol seco y balanceándose de un lado a otro para que la sombra le cayera en la cabeza, transcurrió casi una hora.

Olió a jazmín y casi se mareó por el calor, pero no se veía a nadie en la distancia. ¡Con treinta grados a las nueve de la mañana quién iba a pasar!

Llegó tarde a la entrevista, con la camisa pegada al cuerpo y un cerco de sudor debajo de las axilas. No quisieron recibirle.

Con estos antecedentes, ¿cómo no iba a dejar el ansia?

Mi infancia, debido a los miedos y a las prohibiciones se complicó, y me gané, junto a la burla de mis compañeros, el estigma de rara.

Solía encontrar sobre mi mesa unas tijeras abiertas, o un trozo de pan boca abajo, y en los cajones, a días alternos, bichos muertos. Chillaba y me expulsaban de la clase entre las risas de los otros niños. Me sentía atrapada por una fuerza oscura de la cual no conseguía alejarme.

 No cruzaba nunca debajo de una escalera, aunque tuviera que dar un rodeo larguísimo. Si se derramaba sal en la mesa, tenía que coger un puñado y echarlo por encima del lado izquierdo de mi hombro. En la calle era peor, si avistaba un jorobado me quedaba tranquila, aquel día tendría suerte; pero si era mujer no paraba hasta alcanzarla y tocarle la chepa.

Al salir del portal, siempre adelantaba el pie derecho, más de una vez me había tropezado.  El tres era mi numero fetiche. Tres eran las vueltas que daba a la cerradura al abrir y al cerrar, ni una más. En el frigorífico los cartones de leche eran tres, así como los dentífricos en el armarito del cuarto de baño, y en el bolso siempre tres lazos azules.  Pensé seriamente acudir a una de las sesiones de control mental, luego pensé que si había trece en la sala tendría que irme y descarté la idea.

El día aquél en el que a mi madre se le rompió el espejo del salón cambió nuestra vida. Se lo había colocado la suegra en contra de sus deseos. Limpiándolo con más fuerza de lo habitual se escurrió y se agarró a el.

No le importó la sangre que brotaba de su cuero cabelludo, ni el susto que nos dio a todos. Solo quería contar los trozos. Contó y lloró como si hubiera perdido a un hijo. Al valorar los fragmentos de vidrio, con voz entrecortada, confesó que le esperaban muchos años de calamidades según la teoría de la abuela.

Mi padre se murió al mes en su coche pasando por un puente que se derrumbó. A partir de entonces tuvimos serios problemas económicos. Alquilamos una casa más pequeña y bastante lejos de la escuela. Perdí a la única amiga que tenía, Fortunata, y los parientes desaparecieron. Mi hermano se enroló en el ejército y a mí me operaron de urgencia de una peritonitis. No había un día sin lágrimas en nuestra casa.

Cada vez que mi madre pasaba frente a la fotografía de mi padre se santiguaba y decía:

  • Ya ves, Ernesto, cómo estamos, por tu cabezonería en dejar a tu madre colocar el espejo en el salón.

Todo esto me reforzó en mis creencias, y en la idea de que el mundo había sido terriblemente injusto con nosotros. Hasta que conocí a un periodista que llevaba un llavero con la forma de un trébol verde. Supe al instante que me traería suerte.

Me enamoré de él, no dejé que me besara hasta poder contarle los detalles de nuestra desafortunada vida y de nuestros límites patológicos. Se echó a reír: – yo te quitaré todo esto – le dijo estrechándome en sus brazos.

  • Son todas supersticiones, cariño, no existe la mala suerte, antes o después todos sufrimos. El verdadero secreto de la vida es afrontar lo que te pasa sin miedo. El miedo te bloquea. De todas formas, conozco una curandera brasileira, a ver que nos dice.

 Al día siguiente me llevó a verla, no tenía pinta de adivina, nos hizo sentar alrededor de una mesa camilla, fijó una bola de cristal donde yo no veía nada y al rato sentenció:

  • Os voy a dar un remedio para que seáis felices para siempre.

  Teníamos que comprar un candado, colocarlo en un barreño lleno de aceite y justo a continuación, hervirlo con hojas de albahaca. Nos explicó que, así como el olor de la albahaca tenía el poder de alejar los mosquitos, también ahuyentaría los malos espíritus mientras el candado los encerraría para siempre.

 No sé por qué la vida empezó a sonreírme desde aquella tarde, pese a que no apliqué en seguida  el remedio. Al pasar delante de un espejo me aproximaba sin temor a romperlo, si veía un gato negro cruzaba la calle antes que nadie y estaba feliz. Pasó un mes y algo me decía que el conjuro no podría durar para siempre. El, mi periodista mágico, juraba amarme y que iba a casarse conmigo.

 No podía correr riesgos, necesitaba el hechizo ya.

Todas las demás supersticiones, queriendo, podían disimularse, pero mi terror a una mujer con escoba era demasiado evidente. Si algún día me barrieran los pies me quedaría soltera como la tía Emilia. Un día de sol abrasador, al salir a la calle, vi unos reflejos anaranjados encima de una ferretería que siempre estuvo allí, aunque nunca había reparado en ella. Entré y compré un candado. En la frutería de al lado, fue difícil explicar al chino que quería unas hojas de albahaca, pero lo conseguí, luego cogí una botella de aceite del estante, pagué y volví hacía casa. Subí la escalera llena de dudas y de dos en dos, quería darme prisa. ¿Y si conmigo no funcionaba?

 Justo en frente de mi descansillo estaba la portera con la escoba. Retrocedí y me resbalé, la bolsa se cayó al suelo y el aceite empezó a derramarse. ¡Oh no!, protesté. La portera con toda su buena voluntad la recogió, y barrió la mancha de aceite pasando el cepillo sobre mis zapatos. Ni le di las gracias, la miré con odio, abrí la puerta como pude y la cerré delante de sus narices. Aún quedaba un poco de aceite. Dos señales de mala suerte. Era demasiado. Pero le quería y el amor es optimista.  El aceite que quedó lo puse en una sartén, junto con el candado y la albahaca, encendí el fuego. Hirvió, inhalé su olor cálido, las fosas nasales se impregnaron y distribuyeron el aroma entre las neuronas.

Me desperté rodeada de blanco y gris, cubierta de vendas como una momia egipcia, me sentía la piel acartonada, y sin embargo ardiente y dolorida, solo una parte de mis ojos conseguían entrever un gotero. En seguida caí en la cuenta, nos habíamos quemado la cocina y yo. Claro, la culpa era del aceite derramado. Ahora sí que me iba a quedar definitivamente sola.  Entonces me fijé en que algo brillaba al final de la botella de suero. Un llavero con forma de un trébol verde.

Relato breve escrito por Matilde Tricario

“La verja del jardín” …. José Luis Recio

3 comentarios


La casa pobre con verja en el jardin

Sentada en frente de una casita de ladrillo y yeso, donde vive con sus padres, una niña de 6 años, de ojos almendrados y pelo negro rizado, se entretiene haciendo ramitos de flores silvestres. A corta distancia de su casa corre un riachuelo de corriente rápida. Este estrecho rio, donde los niños gustan de pescar la trucha, es conocido por la gente del lugar como Il confine acquoso, porque su curso limita los anchos olivares, donde los temporeros trabajan y viven en sus humildes estancias, de la zona urbana donde los ricos tienen sus residencias. Varios pequeños puentes de madera facilitan el tránsito entre estas dos zonas limítrofes.

Al final de los años 40, los braceros que algunos terratenientes italianos empleaban para la recolección de la aceituna llegaban desde países lejanos, de lugares empobrecidos por las guerras. Llegaban en tren, viajando en compartimentos de tercera clase —algunas familias traían a sus hijos— y retornaban a sus lugares de origen con las primeras heladas. En ocasiones, alguna familia se quedaba.

A esta niña le gusta deambular, le encanta sobre todo cruzar el rio y husmear en las casas de los ricos. En este momento, ella está parada afuera de la verja de una mansión, en cuyo jardín de adentro hay otra niña que está jugando. Debemos ser de la misma edad, la niña de los ojos almendrados calcula. Ella sigue allí de pie, mirando a la otra niña hasta que algo—el vuelo de un grajo o una ráfaga de viento—hace que la distraiga, y ella se marcha.

Andando de vuelta a casa, la niña de los ojos almendrados se imagina que es rica como la niña del otro lado de la verja. Se pregunta por qué ella no lo es, pero la respuesta le elude como un lagarto que ahora corre sobre el sendero y enseguida desaparece. A ella le gustaría que todas las cosas se mostraran plenamente, como el ramillete de flores que lleva en la mano: flores blancas, rojas y rosáceas.

— ¿Por qué nosotros no somos ricos? —le pregunta a sus padres.

—Tu madre y yo vinimos a estas tierras cuando tú todavía tenías los dientes de leche —dice su padre— Trabajamos, varilla en mano, sacudiendo las ramas de los olivos y recogiendo las aceitunas que caen, surco a surco y día a día durante la temporada de calor. El hacerse rico lleva mucho tiempo.

La niña se queda mirando a su padre con cara de no entender muy bien lo que le está diciendo, mientras que la madre parece reflexionar sobre qué estará su hija pensando.

  • Nosotros hacemos lo que podemos para seguir viviendo aquí y que tú puedas ir a una buena escuela —dice.

La niña pone una mirada distante en sus ojos almendrados.

  • Cada cual posee lo que posee —dice el padre.

La niña mira a su padre con cara de curiosidad.

  • ¿Pero por qué no somos ricos? —pregunta.

Los padres tardan en darle una respuesta y ese retraso hace que la niña pierda interés.

Sin entender mucho de qué va la cosa, sale de la casuca y se sienta afuera de la puerta, agradecida por el calorcillo de un pálido sol de diciembre después del frio de la noche, y comienza a formar ramilletes con las flores que había recogido: flores de ciclamen, pensamientos y margaritas.

Cuando la madre despierta a su hija a la mañana siguiente, pone una muñeca de trapo, que ella ha confeccionado, en sus brazos.

          —Babbo Natale dejó esta muñeca en la chimenea para ti. Feliz navidad! —dice.

          Una expresión de ternura y cariño asoma en los ojos de la niña, quien besa y acuna a la muñeca, y sonríe a su madre, y piensa en la niña rica de la mansión. El padre observa la escena desde la mesa de la cocina con alegría.

  • Si sacas la muñeca a la calle para jugar, procura arroparla con alguno de los paños de cocina y no te alejes mucho de la casa —le dice, y la niña afirma con la cabeza.
  • Está nevando —dice la madre con una sonrisa.

La niña sale a la calle y juega con su muñeca todo el día. Los árboles, los tejados, el paisaje, todo aparece blanco y voluminoso. Sus ojos se entrecierran cuando el reflejo del sol en la nieve alcanza su cara, pero ella no quiere perderse nada de lo que ve a su alrededor. Cuando se da cuenta de que pronto va a oscurecer, decide ir a visitar a la niña adinerada.

 A pesar del consejo de su padre, ella se aventura a cruzar el puente. Cuando llega a la verja del jardín, se sorprende de ver que éste se ve envuelto en una luz amarillenta y misteriosa que se desprende de un farol de madera con paredes de cristal y que dentro contiene un velón. El farol tiene un sombrero de nieve y está anclado al suelo por medio de una estaca; se pregunta quién lo habrá colocado allí. En esta luz amarillenta la niña adinerada y sus amiguitos juegan con juguetes lujosos. La escena le recuerda los cuentos de hadas que su mamá le lee antes de dormir. Ella observa, allí parada de pie, pero siente que la niña rica no se va  a acercar a la verja, y los pies se le están quedando fríos.

  • Cada cual posee lo que posee —le dice a su muñeca y se apresura a volver a su  casa.
La niña con juguetes

 Relato Breve escrito por José Luis Recio                                                           

* El original en inglés se publicó en la revista literaria ¨With Painted Words¨, Diciembre 2018. 

Older Entries

Con un ojo abierto

Mi manera de mirar las cosas que (me) pasan.

Multiversal

un blog de Pablo Giordano

Memorias de una princesa

Una vida con un propósito que cumplir...

Cristian Castro Rodríguez

Siembra lo que deseas recoger

A %d blogueros les gusta esto: