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“Molestando a las palomas” …Merche Postigo

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.Molestando Palomas - Mujer - Lei Silva

Los domingos voy a pasear con mi marido y su hijo. Mi marido estuvo casado antes de conocernos, yo también. Su hijo tiene cinco años. Ayer era domingo y salimos temprano hacia el parque. Mi marido llevaba pantalones caquis, unos cómodos chinos. Estamos en verano y mi marido se había puesto una camisa blanca, de lino, muy fresca. Había dejado los dos últimos botones sueltos, mostrando sus escasos pelos pectorales. Mi marido tiene muchas manías y esta, la de dejar su pecho a la vista de todos, es su preferida. A mí me recuerda a un legionario trasnochado. Con resignación y cariño le cerré el penúltimo botón, después le di un beso de regalo en la mejilla, que él me agradeció con una sonrisa, y comenzamos el paseo por el parque. El hijo de su anterior esposa, revoloteó a nuestro alrededor todo el tiempo que duró el paseo. El niño cumplió cinco años el Mayo pasado. Cinco años es una edad difícil de manejar, para mí una edad insoportable, yo no tengo hijos. EL niño llevaba los pantalones iguales a los de su padre, un tono más oscuro, conjuntados con una camiseta lacoste amarilla, que su madre le había regalado. La mujer de mi marido compra siempre las camisetas en Francia cuando visita a su familia. El hijo de mi marido desciende de los doce pares de Francia, o eso dice su madre. Ahora ella vive en Carabanchel. Más

“Tardes de Fútbol” ….Merche Postigo

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Sentado en el sillón Ramón mira sonriente a su mujer por encima de las gafas. La presbicia le endulza la mirada. Ella está sentada en el extremo opuesto de la habitación, leyendo. Él, en el sillón, viendo el partido de futbol en la televisión. Al fin había llegado a conocerla. Una mujer difícil, complicada de satisfacer. Una mujer de carácter tranquilo, con ocasionales accesos de rabia caprichosa, solo cuando la provocaban. Ramón contempla a su mujer con ternura. Aún se ve joven, tiene la apariencia aniñada, con el carácter de un adulto gruñón. Esconde su edad entre cabellos canos, agraciados por un pequeño mechón negro que le cubre la zona superior de la frente. Ramón piensa que el mechón le ensombrece los ojos. Unos ojos grandes, como almendras Marconas, dos faros recelosos difíciles de mirar. Aurora tiene hoy entre las manos la última novela de amor de Angeles Mastretta “Mujeres de ojos grandes”, feminismo romántico, antagónico, su género preferido. Ella también observa a escondidas a su marido, enfrascado en ver la retrasmisión del eterno partido de futbol de los sábados. Ambos parecen ausentes a sus cruces de miradas. A veces ella estira las piernas y se ajusta la espalda al respaldo del sillón, le duelen los riñones, se hace mayor y la lumbalgia ataca fuerte con el frio del invierno. Traga saliva, tose con apuro, se ajusta el pañuelo a la garganta y vuelve a la lectura. Él la observa. Ella se sobresalta cuando su marido celebra con un aparatoso silencio el gol del equipo favorito. Sonríe divertida y vuelve al libro. Más

“Un balón de colores para Almudena” … Alejandro Nanclares

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UN BALÓN DE COLORES (para Almudena)

Mi esposa decidió por la mañana que a la tarde nos acercaríamos hasta la tienda del pakistaní. A comprar fruta suficiente para toda la semana. Es la más alejada de todas. Está como a cuatro o cinco  manzanas de casa. Más allá del supermercado y el kiosco de prensa. Pero  es la que ella prefiere. Por algún motivo, está convencida de que tiene la mejor mercancía de todo el barrio. Claro que, a estas alturas sigue sin poder cargar peso. Desde la operación, no debe. Así, que intento disuadirla. Le digo que hay otras fruterías en la vecindad, casi tan buenas como esa y algo más cercanas. Ahí están por ejemplo las que llevan los chinos, que son más económicas. O las de los árabes, generalmente muy bien surtidas. Pero responde que no, que iremos a la del paquistaní, porque está segura de que es la fruta más fresca con diferencia. Es la mejor, insiste. Entonces yo, como de pasada, añado que aún me cuesta caminar. Que persiste el dolor de rodilla. Que no sé si debería. Pero en vista de su determinación, me resigno y exagero un esfuerzo ostensible para levantarme del sofá sin forzar demasiado la articulación. Un cartílago no se recupera tan fácilmente. Resoplo un poco, por si siguiera mirando, y me dispongo a plegar un par de bolsas ecológicas, de aquellas que ofrecían los establecimientos comerciales cuando la campaña contra las de plástico. Más

” Gare de Lyon” …. Merche Postigo

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Encontré la hoja abandonada en el asiento de un tren. El tren iba a alguna parte, aunque todos los viajeros, incluido yo, habíamos olvidado el destino. Diría que nos daba lo mismo a donde nos llevaba ese tren. Fuera donde fuera a donde el tren se dirigía, estábamos seguros de que ese no era el destino que hubiéramos elegido si nos hubiera preguntado el revisor malhumorado de la estación de Lyon, pero no preguntó, solo nos pidió el billete sin ni siquiera mirarnos. Esta mañana me hubiera gustado escuchar una pregunta amable. ¿Adónde se dirige el señor? Pero el revisor ha sido desagradable, tenia malas pulgas por la mañana.  Nos despachó a mí y al resto de viajeros sin contemplaciones, con un escueto adelante. ¿Adelante? ¿a dónde? A un lugar equivocado, sin alternativa. Pero ella, ella si había tenido alternativa, y sin embargo estaba abandonada en el mismo tren que todos nosotros. Con las letras al aire, los pensamientos rasgados, descuidados. No se encontraba en buen estado. Yo tampoco. Levantarme tan temprano, pasar frio y viajar en tren para poder alimentar a mi familia, se estaba convirtiendo en una pesada aventura. Una aventura que no había soñado en mis mejores años. Los años de aventuras habían pasado. Entonces me enamoré, perdí el sentido común, me casé, después perdí el sentido sin más, nació Tomas y ahora me veo obligado a pagar sus facturas y las mías. Las de ella las paga otro. Seguro que él que escribió la hoja también paga facturas. Las suyas y las de todos los que la manosean, los que la leen por delante y por detrás, las facturas de los que la estrujan, las de los que la abandonan en el asiento de un tren, de mi tren, de un tren con destino equivocado. Por fin la cogí , la miré de soslayo. Me llamó la atención sus colores y la tipografía itálica de sus palabras. La leí a escondidas, la portada primero, después la contraportada, no me interesaron, la oprimí enfadado, y la coloqué de vuelta en el asiento de mi tren. Mi otra compañera de viaje nos miró sonriente, yo le devolví una sonrisa forzada, resignada y a pesar de todo educada, la hoja permaneció en silencio, olvidada, a mi lado.

.Gare de Lyon

Relato Breve escrito por Merche Postigo

“Galletas de harina” …Merche Postigo

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.Galletas de harina .. Abuela

Las crisis de tristeza se habían visto paulatinamente relegadas al olvido, saturadas ahora por espacios de contenida alegría. Su carácter agrio volvió a brotar, a igual velocidad a la que se alejaba la melancolía. Los meses de depresión, algo normal a su edad, dijo la doctora, las semanas de reclusión en la cama, los días de no querer comer, de detestar cada una de las sabrosas comidas que su hermana le preparaba, se habían quedado atrás y la abuela, a sus noventa años, volvía a hacer gala de su socarronería, para disgusto de algunos vecinos y goce de la familia.

. Más

“La caricia olvidada”… Mary Carmen Caballero

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enamoradosSe acerca lento con la seguridad cierta del que llega a la meta. Bordea táctico el espacio que la aisla formando un cerco protector de la gente anónima que la rodea. Ella sonríe y habla ajena al hombre que la sueña, esparce palabras de las que a él solo le llegan sílabas entrecortadas. Él la observa de más cerca y percibe el halo mágico de su presencia. Más

“La estación perdida” …Merche Postigo

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La chica de la chaqueta azul no dejaba de observarlo. A él le resultaba embarazoso sentirse observado. Se alejó del andén esperando perder la mirada de la joven, pero al cruzar los tornos metálicos la noche le sorprendió y comenzó a recordar. Era ella, la joven de la chaqueta azul, era ella, la mujer con la que había pasado los últimos cuarenta años y que ahora se difuminaba en su cabeza y desaparecía de su memoria con la velocidad del tren.

.La estación Perdida

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