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“Relatos Indisciplinados” … Victoria Alonso Gutiérrez

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El relato “Indisciplinada”de Mary Carmen Caballero  es un juego homenaje a los 33 relatos que aparecen en el libro Relatos Indisciplinados de Victoria Alonso Gutiérrez que acaba de salir publicado en la Editorial Tregolam.

Las palabras en negrita del relato son un guiño con los títulos de los relatos de Victoria, que han sido el hilo conductor de esta historia indisciplinada. Unos relatos, los de Victoria, escritos desde una prosa cercana y certera, con un realismo palpable, con matices de ficción que se filtran para moldear la realidad y que de ese modo traspase lo cotidiano y se transforme en literatura. Con un estilo ameno, conciso y claro, relata Victoria desde la voz protagonista que se camufla en un narrador omnisciente a veces, en otras ocasiones se torna en protagonista y, en otras, cuenta y observa simplemente desde la distancia.

Relatos indisciplinados, es un libro personal imaginativo y potente, que desnuda el alma de la escritora y su forma de entender las vivencias, los afectos y la creación literaria. De lectura amena, son retazos de reminiscencias experimentadas, otras, quizás, tan solo vivencias soñadas. Imaginación y testimonio, escrito indisciplinadamente, sin guía temática, unos escritos como terapia y otros como mera recreación literaria, en una amalgama de trampantojos a su propia vida, enmarcada en un contexto de proximidad existencial que impacta y toca a todos.

Mujer de afectos y de reflexiones, de emprendimiento y de anclaje, de sueños y de retos, de ella misma dice: “Nací un miércoles de nieve de un año bisiesto en Madrid. Mi ansia por andar y recorrer el mundo me hicieron nacer de pie. A partir de entonces no he parado y lo peor de todo es que no puedo parar…”. Buen lema para una vida.

Quiero dejar, como se hace en los vagones del metro de Madrid, la impronta de algunas entradas de sus relatos, para que animar a que la lectura continúe en el libro:

 

  • “Adelina se despidió con los ojos llenos de brillo, pletóricos de luz. El pañuelo a la cabeza y su extrema delgadez evidenciaban su enfermedad. Aquella situación se convirtió en un brindis al sol. […]” En el relato, “Adelina”.

 

  • Padre tenía diez años cuando empezó la guerra. La guerra. En España nunca hay que ponerle apellido a la palabra guerra. La peor de las guerras, la que se vive entre hermanos, vecinos, compañeros…[…] En el relato “Padre”
  • “Me asomo por el agujero de mi persiana y miro al cielo. Desde mi situación solo alcanzo a ver a seis viejas y media sentadas en los cables del tendido. Solo cuatro de ellas miran de frente y dos de ellas, de perfil. La media vieja está sola en uno de los cables y goza de una posición más alta y privilegiada. […] En el relato “Seis viejas y media”

 

  • “Me llamo Luz y vine al mundo un día de la primavera del treinta y dos. Fui una niña no deseada, aunque concebida con mucho amor. Eso sí, amor clandestino, pero muy grande. Uno de esos amores de copla que tan de moda estaban en aquellos días. […] En el relato “Luz es mi nombre”

 

 

Tiempo de escribir, tiempo de leer, tiempo para estos Relatos Indisciplinados.

¡Enhorabuena, Victoria, escritora indisciplianda !!

 

“Indisciplinada”… Mary Carmen Caballero

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Luz es mi nombre con el que me identifico, lo que soy de verdad, cuando en las mañanas la bruma me impide ver con nitidez mi futuro.

Ahora estoy de Maestra en Londres, me han encargado una Crónica de los tipos y tipas que conforman las plantillas del exterior y lo que al principio me parecía un rollo burocrático sin más se está convirtiendo en una aventura sociológica. Voy uniendo datos y nombres, pero sé que por detrás late la vida, como la mía. A veces me detengo, sin prisa, y dejo que se acalle El ruido de mi vida, entonces abandono las obligaciones inminentes de la administración y redacto mis vivencias como el que escribe una crónica.

Sí, cada semana, me refugio en la biblioteca del 96 de Euston Road en el barrio de Bloomsbury, ¿dónde si no?, y redacto mi Crónica semanal de una maestra en Londres, es mi pequeña contribución a la memoria, la personal, que no la histórica, aunque, cuando después de estar concentrada durante horas repasando Mi colección de momentos, rodeada de estudiosos Vestidos de domingo, me parece que en el fondo todo lo escrito es en realidad la historia con mayúsculas, el legado de una vida, la mía, para mí misma y, quién sabe, quizás también para otros. Yo soy de escribir a corazón abierto, sin corazas, como diría Benedetti, poeta al que leo en mis ratos de soledad. Más

"El hombre barrigudo" … José L. Recio

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El hombre barrigudo piensa que él es un barril. Su creencia le viene de un sueño repetitivo que tiene desde hace muchos años. El hombre se cree lo que sueña. Cuando se mueve, oye un gorgoteo de líquido dentro de su estómago. Mientras duerme, el barril rueda sobre el eje de su cama y choca con la punta de su bota o con la botella de cerveza dejadas en el suelo. Pero el hombre barrigudo apenas si nota las magulladuras. Medio dormido, se levanta, vuelve a la cama y descansa por algún tiempo. Por la mañana, se levanta, entra en el cuarto de baño, se para frente del inodoro, abre el grifo del barril y orina. Después va a la cocina y se toma la primera botella de cerveza entera de un trago para comenzar la jornada y rellenar el barril. A medida que transcurre el día, el hombre hace una pausa entre lata y lata de cerveza y recuerda que hubo un tiempo en que trabajaba y tenía esposa y amigos. Pero lo despidieron del trabajo y también perdió el afecto que una vez sintió por su mujer y amigos. Al final del día, el hombre barrigudo siente que su vientre se vuelve tenso como cuerdas de guitarra, teme que el barril se rompa y piensa si necesita un refuerzo, pero cuando se vuelve a dormir, sueña el mismo sueño.

El hombre barrigudo

 

Relato Breve escrito por José L. Recio

 

“Números primos”… Mary Carmen Caballero

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Siempre he sido algo despistada, olvido las caras y los nombres, no sé mirar en los mapas y siempre me pierdo en mi propia ciudad. En cambio, jamás olvido una fecha, ni una matrícula, ni un número de teléfono. Los números ponen orden en mi mente y en el caos de mi vida.

Quizás, por esto, soy profesora de matemáticas, por mi facilidad con los números. También porque ellos abren un universo de posibilidades. Pero, sobre todo, porque me definen a mí misma. Hay números enteros y quebrados, positivos y negativos, finitos e infinitos e, incluso, primos. Y, todo esto, sin entrar en demasiadas especificaciones, como en casi todo.

En realidad, mi vida y mis relaciones bien se pueden relatar a través de los números. Con diecisiete me topé con él en el pasillo del instituto. Tenía la mirada azul de los océanos y el día que me sonrió entendí en mis propias carnes la teoría copernicana. Yo ya no sería más el centro de mí misma, mi vida giraría desde ese instante en un estado de anonadamiento permanente e inmutable alrededor de él. Un día, bajo la escalera que llevaba a los laboratorios, mientras yo le intentaba explicar las complejidades de un logaritmo, él aprovechó la proximidad provocada al estar unidos por un mismo cuaderno para darme un beso, cálido y tierno, con el que comprobé que los números nada tienen de fríos y, mucho menos, de asépticos. Más

“Testamento”… Mary Carmen Caballero

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Llegó despacio y se mantuvo ausente todo el tiempo que duró la lectura del testamento. En realidad, no sabía muy bien qué hacía allí entre todos aquellos que decían que la conocían o que guardaban algún tipo de vínculo o de parentesco con ella. Todos los presentes se giraron y lo miraron desconfiados cuando entró en la sala del notario. Las miradas desconcertadas que se intercambiaban unos a otros eran una evidencia clara de que nadie sabía de su existencia y se preguntaban quién sería aquel tipo escuálido y desgarbado que no encontraba acomodo en la silla que la eficiente secretaría le acercó. Él se sentó detrás, junto a la ventana en el rincón más cercano a la puerta. Más

“El caballete en la playa” …José L. Recio

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Tomé un vuelo de noche, desde las prósperas colinas de Hollywood hasta el orgulloso Pico Isabel de Torres, en la República Dominicana.

Deja Los Ángeles, Audrey, y vete a algún lugar exótico donde reavivar tu talento artístico, mi amiga Debbie había dicho. Yo admiraba sus habilidades artísticas y dudaba de las mías. Aun antes de que completáramos nuestros másteres en las Artes Visuales el año pasado, yo sabía que no llegaría muy lejos como pintora. Seguí el consejo de mi amiga Debbie, sin embargo, y viajé a la Isla.

Me desperté en el hotel al amanecer con el murmullo del mar, una suave brisa y los chillidos de las gaviotas filtrándose a través del balcón abierto, un despertar placentero. Me llegué descalza hasta el balcón. Un vasto espacio verde-azul se extendía sin límites, las olas se mecían sobre la arena blanca y el Pico Isabel de Torres parecía enviar un solemne saludo—un panorama divino. Fascinada por el paisaje, me animé a hacer un rápido esbozo y luego crear una pintura al óleo.

Coloqué el caballete en el balcón abierto de par en par. Apenas si había trazado las primeras líneas en el lienzo cuando mis ojos toparon con la figura, un tanto extraña, de un hombre joven y delgado de aproximadamente mi edad que estaba vestido con un niqui blanco y pantalones kakis desgastados. Estaba de pie, descalzo sobre la arena, enfrente de su caballete, situado entre mi habitación y el borde de la costa, de cara al mar, pintando. De modo alternativo, apartaba brevemente sus ojos del lienzo para mirar a una joven morena en bikini que yacía bocarriba sobre una toalla extendida en la arena a pocos metros al frente y a su izquierda, y enseguida al mar y otra vez a su lienzo para seguir pintando. Mi curiosidad por entender su proceder iba en aumento, y después de una hora de intentar mi esbozo ya no pude más y bajé a la playa, me presenté como colega artista y eché un vistazo a su trabajo.

Inmediatamente me di cuenta de que acababa de conocer a un bicho raro: cabello rubio desordenado, ojos azules que evitaban la mirada directa, una sonrisa extraña y gestos desmañados. Por suerte, hablaba inglés. Su caballete contenía un lienzo en el que él había pintado una mujer escultural cabalgando desnuda sobre la cresta de una ola. Deduje que la joven que estaba tumbada cerca de nosotros le servía de modelo. Con una sonrisa de cortesía y, para ser franca, una pizca de envidia de su espléndida figura (en contraste con la mia: bajita, pelo negro, corto, y ojos oscuros), volví la cara hacia ella: era la mujer de la pintura. La sonrisa indiferente y como en sueño con que respondió a la mía me hizo pensar que ella y el pintor no se conocían. Yo felicité al joven (´Theophilus´ dijo que se llamaba) y me alejé, paseando por la orilla del mar.

Una hora después de mi fantasmagórico encuentro con Theophilus, mientras saboreaba un mojito en el bar del hotel, me hallé obsesionada con su método de composición, pensando que nunca se me habría ocurrido hacer lo que él hizo. ¡Y tan hermosamente! Me dio por pensar sobre los aspectos relacionados con esa caverna misteriosa de la mente en la que habitan la intuición, la inspiración y la imaginación.

Me encontraba todavía absorta durante el almuerzo cuando el camarero trajo el postre (Pastel Tres Leches) y, detrás de él, vislumbré a la mujer del bikini, que ahora llevaba una blusa de lino fino y un sombrero Pamela. Estaba sola y ocupó una mesa cerca de mí. No dudé en acercarme, presentarme y pedirle disculpas por mi impertinencia cuando estábamos en la playa. Dijo que se llamaba Lupe y que era de La Florida.

  • Ese tipo está pirado –dijo.
  • Es un artista.
  • Lupe asintió con la cabeza.

En realidad, yo soy modelo –dijo– pero no poso para él. Como te darías cuenta, él se  apropió de mi imagen. Me tiene sin cuidado, porque está chiflado.

          ¿No le importaba?

  • Pero tiene imaginación –dije.
  • Lo que tú digas, guapa –dijo Lupe– ¿Te apetece una copa?
  • Gracias, pero ahora tengo que irme. Tal vez en otra ocasión.

Lupe asintió de nuevo.

Tres días después, volví a ver a Theophilus en la playa, cerca del agua, pintando. Había enterrado una botella de cerveza en la arena, de modo que solamente el cuello, orientado hacia el mar, quedaba al descubierto, y repetidamente miraba a este objeto-modelo y luego daba toques a su pintura. Cuando me acerqué a su caballete y eché una mirada a su trabajo, me quedé sin habla, porque la imagen en el lienzo estaba en desacuerdo con su modelo. Había pintado un buen número de objetos de cristal multicolor de diferentes tamaños y formas, los cuales parecían que estuvieran amontonados al azar en un rincón de algún almacén. En su pintura se veían botellas panzudas de cuellos estrechos, porrones de vino, platos y lámparas de adorno… Me llamó la a tención el cuidado con que el pintor había distribuido los colores, los tonos y los reflejos de luz, que se filtraba de forma misteriosa, entre todos estos objetos. De repente, se me ocurrió la idea de que tal vez estaba contemplando una imagen instantánea creada a imitación de lo que se observa al mirar a través de un caleidoscopio. En aquel momento, me volví para ver la botella de cerveza medio enterrada en la arena: el reflejo de la luz del sol sobre el agua llegaba al cuello de la misma y su centelleo daba lugar a momentos ilusorios de multiplicación. ¡Ajá! La fuente de inspiración para Theophilus se originaba a partir del fenómeno de la luz. Le felicité por su trabajo artístico. Él no dijo nada, pero movió la cabeza afirmativamente, como dando las gracias.

          Me quedé en Puerto Plata una semana más, e incluso completé un cuadro con una escena portuaria, pero durante mi estancia, descubrí que, al mismo tiempo de considerarme un artista en activo, soy investigadora del proceso de creatividad, es decir, de las conexiones que existen entre el arte y la naturaleza humana.

Dejé mi dirección a Theophilus, pero no estoy segura de que él la usará. Cuando regresé a Hollywood, le conté a Debbie mis experiencias en la isla; ella dudó de que mi nuevo objetivo me lleve muy lejos.

Relato Breve escrito por José L. Recio

*El original en inglés se publicó en la revista With Painted Words en Octubre 2019.

“El candado y la albahaca” … Matilde Tricario

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Dos miedos me impedían vivir sin ansia desde que tuve seis años.

El primero llegó en seguida, el día aquel en que a mi madre se le cayó en la cabeza el espejo de la entrada, y se hizo mil pedazos. Ella chilló:

  • Alejaos todos— mientras se tapaba la cabeza con la mano intentando parar la sangre que brotaba como si fuese una fuente china.
  • Cuantos años de mala suerte, y a ti – le gritó a mi padre que se había quedado de pie sin saber que hacer – a ti y a la bruja de tu madre que colgó el espejo, os voy a matar, fuera de mi vista – y lloraba sin parar.

Pudo acercarse a ella la asistenta que teníamos en casa, barrió los trozos de cristal y le ofreció la mano para levantarse. A mi madre el temor a que se rompiera un espejo, y sufrir los mismos años de desgracias que el número de cristales en el suelo le había llegado de pequeña.  Era una historia de familia que contaba siempre que veía un espejo.

  • Hija, no necesitamos tantos espejos, con tener uno en el cuarto de baño. A la abuela Jacinta, justo antes de casarse se le rompió uno en tres trozos, y su novio de entonces, el abuelo Fernando, tuvo que irse a la guerra tres años y volvió con la pierna rota.

El segundo era un miedo que me transmitió la tía Emilia:

  • Chica, procura que no te barran los pies con una escoba, si no te quedarás soltera.

Ellas no pudieron estudiar y era lógico que creyeran en los dichos populares. Yo no tenía excusas. No llevaba espejos de bolsillo, ni me arrimaba a ninguno que estuviera colgado, salía a la calle siempre despeinada.  En mi familia la superstición se trasmitía de generación en generación como un hilo invisible y fuerte que no se podía romper.

 Mi tía Emilia, que tenía otras supersticiones, al final no se casó. Su novio se empeñó en comprar un piso en la calle Soria número trece, un piso fabuloso, mirando a la plaza.

  • Emilia – le dijo – no seas aguafiestas, hay que mirar al progreso y no quedarse con las supersticiones – Emilia le contestó enfadada:
  • No tiene nada que ver con el progreso, es el número 13 que no va bien.

La estaba llamando ignorante, a ella que había estudiado toda la enciclopedia Larousse. Riñeron, y cuando él arrepentido lo puso en alquiler y compró otro, en la Avenida de Burgos, tampoco quiso Emilia porque la pintura del edificio era de color amarillo.

Al siguiente pretendiente lo dejó por abrir el paraguas en casa justo antes de salir a la calle. Y encima, en el descansillo el portero le barrió los pies con la escoba.

  • Perdone señorita Emilia, lo he hecho sin querer.

Esa tarde lluviosa se decidió su destino. Se quedó sola.

Mi padre, su hermano, perdió uno de sus trabajos porque aquel día, un gato negro se cruzó en su camino. Un gato negro. Tenía que esperar a que alguien cruzara la calle antes que él. Esperó unos diez minutos, luego se apoyó en la pared buscando la sombra. Recordaba las palabras de su madre:

  • Hijo no pases después de un gato negro, espera a que venga alguien y él se llevará la mala suerte.

 Así, en la espera, a pleno sol en el mes de julio, solo protegido por una rama fina de un árbol seco y balanceándose de un lado a otro para que la sombra le cayera en la cabeza, transcurrió casi una hora.

Olió a jazmín y casi se mareó por el calor, pero no se veía a nadie en la distancia. ¡Con treinta grados a las nueve de la mañana quién iba a pasar!

Llegó tarde a la entrevista, con la camisa pegada al cuerpo y un cerco de sudor debajo de las axilas. No quisieron recibirle.

Con estos antecedentes, ¿cómo no iba a dejar el ansia?

Mi infancia, debido a los miedos y a las prohibiciones se complicó, y me gané, junto a la burla de mis compañeros, el estigma de rara.

Solía encontrar sobre mi mesa unas tijeras abiertas, o un trozo de pan boca abajo, y en los cajones, a días alternos, bichos muertos. Chillaba y me expulsaban de la clase entre las risas de los otros niños. Me sentía atrapada por una fuerza oscura de la cual no conseguía alejarme.

 No cruzaba nunca debajo de una escalera, aunque tuviera que dar un rodeo larguísimo. Si se derramaba sal en la mesa, tenía que coger un puñado y echarlo por encima del lado izquierdo de mi hombro. En la calle era peor, si avistaba un jorobado me quedaba tranquila, aquel día tendría suerte; pero si era mujer no paraba hasta alcanzarla y tocarle la chepa.

Al salir del portal, siempre adelantaba el pie derecho, más de una vez me había tropezado.  El tres era mi numero fetiche. Tres eran las vueltas que daba a la cerradura al abrir y al cerrar, ni una más. En el frigorífico los cartones de leche eran tres, así como los dentífricos en el armarito del cuarto de baño, y en el bolso siempre tres lazos azules.  Pensé seriamente acudir a una de las sesiones de control mental, luego pensé que si había trece en la sala tendría que irme y descarté la idea.

El día aquél en el que a mi madre se le rompió el espejo del salón cambió nuestra vida. Se lo había colocado la suegra en contra de sus deseos. Limpiándolo con más fuerza de lo habitual se escurrió y se agarró a el.

No le importó la sangre que brotaba de su cuero cabelludo, ni el susto que nos dio a todos. Solo quería contar los trozos. Contó y lloró como si hubiera perdido a un hijo. Al valorar los fragmentos de vidrio, con voz entrecortada, confesó que le esperaban muchos años de calamidades según la teoría de la abuela.

Mi padre se murió al mes en su coche pasando por un puente que se derrumbó. A partir de entonces tuvimos serios problemas económicos. Alquilamos una casa más pequeña y bastante lejos de la escuela. Perdí a la única amiga que tenía, Fortunata, y los parientes desaparecieron. Mi hermano se enroló en el ejército y a mí me operaron de urgencia de una peritonitis. No había un día sin lágrimas en nuestra casa.

Cada vez que mi madre pasaba frente a la fotografía de mi padre se santiguaba y decía:

  • Ya ves, Ernesto, cómo estamos, por tu cabezonería en dejar a tu madre colocar el espejo en el salón.

Todo esto me reforzó en mis creencias, y en la idea de que el mundo había sido terriblemente injusto con nosotros. Hasta que conocí a un periodista que llevaba un llavero con la forma de un trébol verde. Supe al instante que me traería suerte.

Me enamoré de él, no dejé que me besara hasta poder contarle los detalles de nuestra desafortunada vida y de nuestros límites patológicos. Se echó a reír: – yo te quitaré todo esto – le dijo estrechándome en sus brazos.

  • Son todas supersticiones, cariño, no existe la mala suerte, antes o después todos sufrimos. El verdadero secreto de la vida es afrontar lo que te pasa sin miedo. El miedo te bloquea. De todas formas, conozco una curandera brasileira, a ver que nos dice.

 Al día siguiente me llevó a verla, no tenía pinta de adivina, nos hizo sentar alrededor de una mesa camilla, fijó una bola de cristal donde yo no veía nada y al rato sentenció:

  • Os voy a dar un remedio para que seáis felices para siempre.

  Teníamos que comprar un candado, colocarlo en un barreño lleno de aceite y justo a continuación, hervirlo con hojas de albahaca. Nos explicó que, así como el olor de la albahaca tenía el poder de alejar los mosquitos, también ahuyentaría los malos espíritus mientras el candado los encerraría para siempre.

 No sé por qué la vida empezó a sonreírme desde aquella tarde, pese a que no apliqué en seguida  el remedio. Al pasar delante de un espejo me aproximaba sin temor a romperlo, si veía un gato negro cruzaba la calle antes que nadie y estaba feliz. Pasó un mes y algo me decía que el conjuro no podría durar para siempre. El, mi periodista mágico, juraba amarme y que iba a casarse conmigo.

 No podía correr riesgos, necesitaba el hechizo ya.

Todas las demás supersticiones, queriendo, podían disimularse, pero mi terror a una mujer con escoba era demasiado evidente. Si algún día me barrieran los pies me quedaría soltera como la tía Emilia. Un día de sol abrasador, al salir a la calle, vi unos reflejos anaranjados encima de una ferretería que siempre estuvo allí, aunque nunca había reparado en ella. Entré y compré un candado. En la frutería de al lado, fue difícil explicar al chino que quería unas hojas de albahaca, pero lo conseguí, luego cogí una botella de aceite del estante, pagué y volví hacía casa. Subí la escalera llena de dudas y de dos en dos, quería darme prisa. ¿Y si conmigo no funcionaba?

 Justo en frente de mi descansillo estaba la portera con la escoba. Retrocedí y me resbalé, la bolsa se cayó al suelo y el aceite empezó a derramarse. ¡Oh no!, protesté. La portera con toda su buena voluntad la recogió, y barrió la mancha de aceite pasando el cepillo sobre mis zapatos. Ni le di las gracias, la miré con odio, abrí la puerta como pude y la cerré delante de sus narices. Aún quedaba un poco de aceite. Dos señales de mala suerte. Era demasiado. Pero le quería y el amor es optimista.  El aceite que quedó lo puse en una sartén, junto con el candado y la albahaca, encendí el fuego. Hirvió, inhalé su olor cálido, las fosas nasales se impregnaron y distribuyeron el aroma entre las neuronas.

Me desperté rodeada de blanco y gris, cubierta de vendas como una momia egipcia, me sentía la piel acartonada, y sin embargo ardiente y dolorida, solo una parte de mis ojos conseguían entrever un gotero. En seguida caí en la cuenta, nos habíamos quemado la cocina y yo. Claro, la culpa era del aceite derramado. Ahora sí que me iba a quedar definitivamente sola.  Entonces me fijé en que algo brillaba al final de la botella de suero. Un llavero con forma de un trébol verde.

Relato breve escrito por Matilde Tricario

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